MENSAJE DEL NUEVO ARZOBISPO DE LIMA, MONSEÑOR CARLOS CASTILLO. NUEVOS TIEMPOS, NUEVA TAREA Y EXIGENCIAS

marzo 3, 2019 de 5:02 pm | Publicado en Comentarios diversos, Comunicación y Cultura, Documentos, Miscelánea, Noticias y demás... | Deja un comentario
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Lima tiene un nuevo arzobispo, Monseñor Carlos Castillo. Reproduzco aquí su importante mensaje del 02 de marzo.  Anuncio y desafíos a la Iglesia y sociedad peruanas.

https://arzobispadodelima.org/wp-content/uploads/2019/03/Mensaje-de-Monse%C3%B1or-Carlos-Castillo_Arzobispo-de-Lima.pdf

  1. El camino desde San Lázaro y su sentido

  • Hemos llegado a esta Catedral desde San Lázaro por el Jirón Trujillo, el camino de los desamparados, y hemos pasado a la otra orilla, como lo hizo Toribio de Mogrovejo, y cargando sus santos restos.

 

Lo hemos hecho recordando, en el sentido literal de esta palabra, es decir, volviendo a poner en el corazón, lo que somos desde nuestros orígenes: somos el pueblo limeño, pueblo creyente que sólo puede existir como tal si emprende todo, se enraíza y se funda siempre en Jesús, que se hizo pobre, y que en los pobres de la Lima del siglo XVI y XVII, en especial las poblaciones Amancaes, los indios camaroneros, y los leprosos del barrio de San Lázaro, tuvo su principal punto de referencia.

 

Siempre la frivolidad de nuestra rica ciudad, centro del Virreinato y exportadora del mineral de Potosí, Cerro de Pasco y Quives, fue tentada de vivir indiferente y ufanarse de su riqueza ante el sufrimiento humano. Toribio optó no solo por entrar en ella desde los pobres, sino también por salir de ella hacia las periferias pobres y dejar la capital para convertir la periferia en el centro de su sede. Lo recordó nuestro querido, Papa Francisco: Toribio actuó siempre “mirando hacia la otra orilla”, no a su escritorio, sino desde la “oreja arzobispal”.

Luego de Toribio la tradición se mantuvo. El 23 de abril 1758, en la reinauguración del templo de San Lázaro, después del terremoto de 1746, ante el valeroso Conde de Superunda y de la alta aristocracia limeña, el padre jesuita, Juan Sánchez, pasando por encima de las presiones y pretensiones que algunos tenían de separar dicha iglesia del leprosorio, por buscar un “culto más puro”, manifestó con toda autoridad:

 

“Si, alma santa, Cristo te convida al Hospital, para recibir entre los enfermos las pruebas más eficaces de tu fineza; porque no necesitando en su Persona de los cultos que se le consagran en el templo, necesita en sus miembros de los socorros que se le hacen en el Hospital. Pues si en el templo ocupa la majestad de un solio, en el Hospital es un Dios doliente, que yace en los desaliños de un lecho. Si en el templo es un Dios cercado de gloria, en el Hospital es un Dios penetrado de angustias. Si en el templo es un Dios que recibe adoraciones, en el Hospital es un Dios que padece tormentos. Si en el templo es un Dios que reparte mercedes, en el Hospital… es un Dios que mendiga limosnas. ¡Oh Dios, mendigo en los hospitales! Ya no me admira, quieras ser más hallado en el Hospital, que en el templo… pues esa necesidad que padeces en el Hospital, y no padeces en el templo, te obliga a desear más los socorros que se hacen en el Hospital, que las ofrendas que se consagran en el templo”.

 

Estas palabras llegan hoy a nosotros, que, caminando con el pueblo, hemos venido a esta ordenación para salir de aquí hacia esos millones de hospitales, que son los intentos callejeros de nuestro pueblo por sobrevivir allí, en las calles de Lima, en las casas maltrechas de nuestro pobres barrios, en el peligro de sus plazas, y en las esperanzas de sus puestos de vendedores ambulantes y canillitas, en las camas de cartón de los huéspedes nocturnos de nuestras veredas, en las latas pateadas por miles de jóvenes sin trabajo y sin estudios, en las nuevas poblaciones amazónicas que habitan nuestra ciudad, y tantos y tantas otros maltratados y marginados, desconocidos para muchos. Allí están los Cristos sufrientes que creen y luchan, que nos llaman a construir con ellos esa Iglesia “hospital de campaña”, que es capaz de alentar y acompañar su camino de superación, y nos hace participar a todos en la curación de sus heridas, en el enjugar sus lágrimas, alegrarnos con sus alegrías y danzas, participar de sus conversaciones nocturnas, porque quiere ser en verdad, aquí en Lima, una Iglesia cercana y amiga.

 

Esta es la iglesia que el papa Francisco nos encargó forjar en el corazón de la ciudad, cuando nos dijo: “Jesús camina en la ciudad con sus discípulos y comienza a ver, a escuchar, a prestar atención a aquellos que habían sucumbido bajo el manto de la indiferencia, lapidados por el grave pecado de la corrupción … Llama a sus discípulos y los invita a ir con Él a caminar la ciudad, pero les cambia el ritmo, les enseña a mirar lo que hasta ahora pasaban por alto. Conviértanse, les dice, el Reino de los cielos es encontrar en Jesús a Dios, que se mezcla vitalmente con su pueblo (cf. Mc 1,15.21 y ss.). Jesús sigue caminando por nuestras calles, sigue al igual que ayer golpeando puertas, golpeando corazones para volver a encender la esperanza y los anhelos: que la degradación sea superada por la fraternidad, la injusticia vencida por la solidaridad y la violencia callada con las armas de la paz. … El Reino de los cielos está entre ustedes —nos dice— está allí donde nos animemos a tener un poco de ternura y compasión, donde no tengamos miedo a generar espacios para que los ciegos vean, los paralíticos caminen, los leprosos sean purificados y los sordos oigan (cf. Lc 7,22). ¿Cómo encenderemos la esperanza si faltan profetas? ¿Cómo encararemos el futuro si nos falta unidad? ¿Cómo llegará Jesús a tantos rincones, si faltan audaces y valientes testigos? Hoy el Señor te invita a caminar con Él la ciudad, tu ciudad. Te invita a que seas su discípulo misionero”.

Nuevo Arzobispo Carlos Castillo acompañado del padre de la Teología de la Liberación, admirable padre Gustavo Gutiérrez.

2. Nuestra arquidiócesis en el sueño de Francisco

En Lima intentaremos realizar el sueño de Francisco, ese sueño nacido en Medellín, y transmitido en su inolvidable visita al Perú, y cuyas palabras deben resonar en este templo:

a) La iglesia de Lima: iglesia pobre para los pobres “¡Quiero una Iglesia pobre para los pobres! Ellos tienen mucho que enseñarnos. Además de participar del sensus fidei, en sus propios dolores conocen al Cristo sufriente. Es necesario que todos nos dejemos evangelizar por ellos,…reconocer la fuerza salvífica de sus vidas…ponerlos en el centro…descubrir a Cristo en ellos,… prestarles nuestra voz en sus causas…ser sus amigos, escucharlos, interpretarlos y recoger la sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos”.

 

b) La iglesia de Lima: realización del sueño de una iglesia misionera “Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo –nos  dijo Francisco–, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta más en un cauce adecuado para la evangelización que para la autopreservación. La reforma de estructuras, que exige la conversión pastoral, sólo puede entenderse en este sentido: procurar que todas ellas se vuelvan más misioneras, que la pastoral en todas sus instancias sea más expansiva y abierta…en constante actitud de salida”.

c) Una iglesia de Lima sinodal que acompaña el caminar de nuestro pueblo

-Donde caminamos juntos, conversamos con hondura, y aprendemos unos de otros, especialmente de los que  no son de nuestro círculo;

-donde apreciamos lo bueno de cada aporte, de cada modo de ser y vivir la  fe;

-donde todos participamos teniendo en cuenta el valor de nuestras  diversidades.

 

d) Una iglesia de Lima que contempla a su Señor

-escuchando la Palabra del Señor,

-reuniéndose en comunidad para celebrarlo en la Eucaristía y salir a       anunciarlo en toda circunstancia,

-rastreando su presencia en la historia de los limeños, en sus avatares y            problemas, en sus búsquedas y alegrías.

e) Una iglesia de Lima que dinamiza la espiritualidad profunda de la religiosidad popular

– potenciando sus huellas evangelizadoras,

-discerniendo las costumbres agregadas con los tiempos.

 

f) Una iglesia de Lima signo de credibilidad

-que actúa con transparencia,

-que afronta los problemas y no los esconde,

-que reconoce sus errores, pecados y hasta delitos, si existen, y los  enfrenta con toda justicia y verdad.

g) Una iglesia de Lima abierta a la sociedad civil, sus búsquedas y puntos de vista laicales

-explicando con claridad, pedagogía y respeto sus puntos de vista desde la  fe,

-respetando la legitima autonomía de la sociedad civil, sin recurrir a ningún elemento manipulador, ni                        interés  de parte, sino atendiendo únicamente al bien común.

 

h) Una iglesia de Lima que acompaña el sufrimiento de su pueblo con su acción social de servicio solidario y comprometido

-hacia los sectores más pobres, canalizando hacia ellos sus esfuerzos  en todos los ámbitos eclesiales de                        base,

-procurando siempre el fortalecimiento de la dignidad humana y acompañando y defendiendo a quienes sufren injusticias: la mujer, los niños, los jóvenes, los adultos mayores. De manera especial, la acción de la                   Iglesia ha de ejercerse en la defensa y la toma de partido en favor de las víctimas, sobre todo menores, y en contra de los abusadores del clero y de sus encubridores. ¡Nunca la iglesia, y menos aún la jerarquía eclesial, puede ser cómplice de los abusadores y de los abusos! ¡Sin transparencia, la Iglesia no poder ser creíble! Por eso debe adelantarse a denunciar y exponer los hechos graves y escandalosos.

i) Una Iglesia que, desde una coherente pastoral urbana, responda a las exigencias del cuidado de la casa común con una ecología integral  que proteja a la naturaleza y a las comunidades, sobre todo a las más   (con las que nos sentimos solidarios en estos trágicos días  huaicos)

– Esto nos ha de mantener atentos a las necesidades de los barrios y  localidades, que se han hecho insalubres para vivir por el crecimiento  desordenado, la contaminación tóxica, el caos urbano, los problemas de transporte y la contaminación visual y acústica (Cf. Laudato sì, 44).

j) Una Iglesia que promueve al laicado sensible, serio, responsable y alegre

-que participa de las búsquedas más hondas y se hace instrumento de las  aspiraciones justas de toda la ciudadanía,

-que no permanece indiferente, sino que fortalece todo lo bueno noble y justo de la causa social y política.

g) Una iglesia que organiza su economía al servicio de la acción pastoral y de la promoción y defensa de la dignidad humana

-más cercana a la mentalidad de servicio,

-más lejana a una mentalidad comercial, rediticia o de eficiencia   empresarial.

3) Un obispo toribiano en el hoy de nuestra historia

¿Esta iglesia, qué obispo requiere? ¿Cómo nos quiere hoy a los obispos peruanos, en especial en nuestra arquidiócesis primada? Francisco nos dio las líneas maestras para ser obispos renovados, y ese es el desafío de mi misión para ustedes y para el pueblo de Lima: asumir el estilo misionero de Toribio.

-Estoy llamado a ser un obispo que mire a “la otra orilla” y que quiera, decida y busque siempre pasar hacia ella sin temor.

-Esto me exige conversión espiritual y pastoral para una decisión libre, que ante todo reconozca y aprecie el valor de esa “otra orilla”, y del pueblo que allí vive y lucha, esa realidad “otra” que muchas veces desconocemos. A esa realidad “otra”, de tantos y tantas hermanas y hermanos nuestros he de anunciar el evangelio. Pero no sin antes comprender su realidad, dialogando con ella, para solo así, responder creativamente y en profundidad a sus necesidades. He de ir con el evangelio, pero sabiendo claramente que Jesús ya mora en el otro, incluso en aquel que no cree explícitamente, o cree a su manera –¡por algo será!–, y procurando primero comprenderlo. La evangelización no impone, dialoga con el Cristo presente en todas las realidades humanas con las que entramos en relación.

-Buscar la otra orilla de los lejanos y dispersos exige estar dispuesto a “callejear” o “jironear” como Toribio, y “gastar suelas”. He de acostumbrarme a caminar hacia todos y todas, sin excluir a nadie, buscando a los más recónditos, lejanos y diseminados. En esto debe estar unida esta sede metropolitana a las diócesis sufragáneas, como una sola provincia eclesiástica dinámica al servicio de nuestros pueblos del Callao, Carabayllo, Chosica, Huacho, Ica, Lurín, Yauyos y Cañete.

-Buscar la otra orilla de las culturas y lenguas de nuestros pueblos, con su extraordinaria diversidad de experiencia y sabiduría, que debe renovar lo que ya sabemos y consideramos verdadero. El papa Francisco nos recordó que Toribio no hizo una evangelización superficial, sino que, conociendo su cultura y su lengua, penetró en sus niveles más hondos. Él nos sigue enviando hoy a aprender las lenguas y los lenguajes del siglo XX, el de los jóvenes, el de las familias, el de los niños, el de las comunidades de migrantes, internos y externos. Así, pasar a la otra orilla no consiste en ir a conquistar territorios ni personas, sino a comprenderlos para suscitar y despertar procesos en sus vidas, de modo que la fe arraigue en ellas de forma duradera. Para ello es preciso volvernos hacia aquellas experiencias humanas y sociales donde se gestan los nuevos relatos y paradigmas, especialmente las experiencias de las jóvenes generaciones, para poder alcanzar con la Palabra de Jesús los núcleos más profundos del alma de nuestras ciudades y pueblos. Es allí donde se generan, desde las condiciones más difíciles, las alternativas resilientes y esperanzadoras, los nuevos relatos de la humanidad peruana, que  darán origen a la actualización de los principios y valores necesarios para construir el nuevo Perú y la nueva iglesia peruana. Naturalmente, esto es tarea sutil y amorosa de todos en la iglesia, pero sobre todo de los pastores, para suscitar una iglesia pastora.

-Ante la otra orilla de la misericordia y la justicia para con los más vulnerables, Francisco nos dijo que todo obispo toribiano no puede  estar lejos de la caridad unida a la práctica de la justicia, pues de lo contrario no seríamos de Dios (1 Jn. 3,10). Por ello es mi principal  desafío aprender a constatar dónde están los abusos y excesos que  sufren muchos hoy por el sistema de corrupción y tener claridad y firmeza contra ello. Sé que, como a Toribio, esto nos podrá acarrear  ciertas enemistades, pero es mejor que dejar sin corrección aquello  que la requiera. Pidamos la prudencia y a la vez la contundencia para   no errar y para acertar con la palabra adecuada y justa, en favor de los hombres y mujeres maltratados injustamente. No podemos separar el  bien espiritual del bien material, sobre todo cuando se pone en riesgo la integridad y dignidad de las personas.

-Esto exige que, como obispo, unido a nuestros hermanos Obispos de la Conferencia Episcopal, ejerzamos la profecía episcopal, que no teme denunciar las injusticias y anunciar la esperanza alentando a  todos los que promueven lo justo y lo bueno. Sin duda hemos de agradecer la profecía viva de nuestro pueblo que sale a las calles a clamar por la vida de las mujeres, la de los periodistas que han denunciado con claridad los horrores de la pedofilia y de la corrupción,  y la de los ciudadanos que expresan sus justas protestas por dignificar  la política. Ellos nos enseñan también a decir nuestra palabra desde Dios sin integrismo, pero con claridad profética. Voy a estar alerta, sin embargo, como indicó el Papa Francisco a cualquier “tipo de coqueteo mundano que nos ata las manos por algunas migajas”, en pos de la libertad del Evangelio.

Ante la otra orilla de la formación sacerdotal toribiana, debemos insistir  en la importancia de su enraizamiento en la realidad para que cada palabra y cada gesto de nuestros pastores locales, diocesanos y religiosos, sean significativos y eleven la vida de nuestra gente.  Nuestro Seminario Conciliar de Santo Toribio está llamado a seguir “engendrando a sus pastores locales” para hacer de nuestra iglesia  “madre fecunda”, que suscita la santidad desde la diversidad cultural que nos caracteriza a los limeños y peruanos de todas las sangres. Cambios importantes en la formación deben ocurrir con el cumplimiento de las normativas que Francisco ha establecido en sus  recientes documentos y que nos dejó en las líneas maestras de sus orientaciones en Trujillo y Lima. No hemos de limitar la formación solamente al estudio en el seminario, sino seguir el ejemplo de Toribio,  que “en las continuas visitas que realizaba, estaba cerca de sus curas, viendo directamente su estado y preocupándose por ellos, hasta el punto de compartir sus bienes”. Para ello he de esforzarme en conocer a mis sacerdotes, procurar acompañarlos, estimularlos, amonestarlos para que sean pastores y no comerciantes, y puedan así cuidar y defender a los peruanos como a hijos e hijas. Debo impulsarlos a acercarse y a no quedarse en «el escritorio», para que conozcan a sus ovejas y ellas reconozcan su voz de Buen Pastor.

Por último, ante la otra orilla de la unidad, he de contribuir desde esta sede primada a que fortalezcamos la unidad en el Espíritu de Jesús, que procuró siempre la diversidad de carismas y estilos, e hizo crecer  la unidad dentro de la diversidad, sin uniformismos rigoristas ni homologadores. La verdad es una, pero es el amor gratuito de Dios el que admite a todos y los lleva a la verdad plena. Para ello quiero proponerles entrar en un proceso sinodal permanente, que a todos nos reúna en distintos espacios interpersonales, a fin de conversar y dejarnos iluminar por la palabra de la verdad e irla encontrado juntos y poco a poco. Así como Toribio desarrolló de manera admirable y profética la promoción, formación e integración de espacios de  comunión y participación, en medio de grandes tensiones y conflictos cuya existencia no negó, así también debemos aprender juntos, a  mirar nuestros problemas de frente y buscar resolverlos en unidad, diálogo honesto y sincero, cuidando de no caer en tentación de ignorar  lo sucedido o quedar sin horizontes ni caminos hacia la unidad.

Esforcémonos, pues, porque la unidad prevalezca sobre el conflicto,  porque si nos debemos a Jesucristo, lo que no une no viene de Dios. Y si apreciamos todo lo que viene de Dios, nos podemos unir en ello.

Que el pueblo peruano diga de nosotros “miren cómo se aman”. Al final de estas palabras y en el atardecer de mi vida, pido pues que cuando tenga que pasar a la otra orilla, la definitiva, también me dé el Señor la gracia de pasar hacia Él, por el camino de los desamparados, que Toribio atravesó dejando su vida en Zaña. Mientras llega ese día, nos queda muchísimo por abrir, vivir, levantar y amar.

Conclusión:

 Quiero en esta ocasión dejarles mis primeras preguntas simples y  directas para que comencemos nuestra misión juntos desde hoy,  dialogando. Francisco dice que las preguntas nos dinamizan, mientras las respuestas nos estancan. Por ello como Obispo debo hacer la pastoral de la oreja. Y por eso quiero escuchar. Para dinamizar  espiritualmente a nuestra iglesia de Lima se las dejo, son las primeras tres y les consulto:

1) ¿Qué sientes en lo más profundo de tu ser que se debe mejorar en nuestra iglesia de Lima?

2)¿Qué periferias principales hemos de atender?

3) ¿Qué formas debe tomar nuestra iglesia misionera en Lima para ser signo de esperanza?

 

Discútanlas en grupos y comunidades, congregaciones y movimientos, reunámonos entre curas, párrocos, amigos y amigas. Debatan y envíenme sus resúmenes. Pero no solo los católicos; pueden  ayudarnos también los que pertenecen a otros grupos religiosos si lo desean, y sin duda los que no creen, que a veces sienten más los problemas que los creyentes explícitos.

Quisiera así volver a sembrar la semilla del Reino que produce fruto sin que el campesino lo note. Estas preguntas apuntan a una iglesia abierta en la que todos tienen lugar y todos podemos ayudar. Retomamos así también lo que nuestro Iglesia Latinoamericana en Medellín sembró hace 50 anos, el proyecto de una Iglesia, “pobre, misionera y pascual”, como he querido representar en mi escudo.

Si esto lo comenzamos hoy, quizás veamos los frutos mucho tiempo después, pero sabremos que el Reino está cerca, no lejos. Dios habita en Lima y preguntando lo encontraremos. Percibámoslo en nuestras vidas y en las de la gente sencilla. Se abrirá así el año de la gracia del Señor, porque el Señor ha ungido a su pueblo para a anunciar el evangelio a los pobres y a los cautivos la libertad, o para decirlo con el  mayor poeta peruano, al que cito dada la cercanía al Bicentenario de nuestra independencia:

 

¡Entrelazándose hablarán los mudos, los tullidos andarán!

¡Verán, ya de regreso, los ciegos

y palpitando escucharán los sordos!

¡Sabrán los ignorantes, ignorarán los sabios!

¡Serán dados los besos que no pudisteis dar!

¡Sólo la muerte morirá! ¡La hormiga

traerá pedacitos de pan al elefante encadenado

a su brutal delicadeza; volverán

los niños abortados a nacer perfectos, espaciales

y trabajarán todos los hombres,

engendrarán todos los hombres,

comprenderán todos los hombres!

César Vallejo

 

 

Mons. Carlos Gustavo Castillo Mattasoglio

Arzobispo de Lima y Primado del Perú

Lima, 02 de marzo, 2019

Fotos: p. Raúl  Pariamachi , Agencia Andina, diario Perú 21

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