LOS TÚPAC MARU (1572-1827) DE OMAR ARAMAYO en la lectura de JORGE NÁJAR

febrero 12, 2020 de 5:02 pm | Publicado en Artículos sobre Literatura, Comentarios diversos, Comunicación y Cultura, Miscelánea, Noticias y demás... | 2 comentarios
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Con enorme satisfacción acojo en este sitio el texto que la lectura de la magnífica obra de nuestro común amigo, el poeta y narrador Omar Aramayo, Los Túpac Amaru (1572-1827) ha motivado en el poeta Jorge Nájar, quien gentilmente lo cede para su difusión.  Literatura de calidad de uno y otro autor con quienes me une una larga amistad que me enorgullece. 

 

LA ÉPICA AMERICANA:

LOS TÚPAC MARU (1572-1827) DE OMAR ARAMAYO

 

“Detrás de cada soldado está una mujer”

Edgar Lee Masters.

Nunca hasta ahora había leído un libro tan poderoso sobre la lucha por la libertad a lo largo de todo lo que fue el Perú y el Alto Perú. La crónica, la sinfonía, la ópera, el poema épico de Omar Aramayo nos ha permitido hundirnos no sólo en la historia de pueblos quechuas, aymaras, que perseveran en la resistencia, también, incluso, en las raíces de un problema que perdura: las luchas clánicas, los abusos socio-económicos, imperio de los dogmas a punta de sanciones.

He aquí una de las escenas clave. El 21 de setiembre de 1572, José Gabriel Condorcanqui Noguera, Túpac Amaru, cautivo, ingresa al Cusco halado con una cadena de oro. “Hurtado Arvieto le exige se despoje de la borla de oro que sobre su frente pende, la mascaypacha, símbolo del Inca, para saludar a Francisco de Toledo, virrey del Perú. Túpac Amaru le responde, me pides un  imposible, yo no saludo a los yanacunas, a los sirvientes. ¿No sabes quién soy? Soy dueño de mi destino, te lo había dicho, soldado, no has podido comprenderlo. Hurtado Arvieto, en su impotencia, le marca el rostro con una sófera bofetada, para que aprendas. No soldado, hay cosas que son y no comprendes.” De inmediato lo recluyen en el palacio del Colcampata a la espera del momento.

Para comprender la escena habrá que hundirse en la locura de una época sin equivalente en la historia del Perú, Bolivia y Argentina, cuando todo el mundo andino era una hoguera. Hacia ese incendio, hacia ese diluvio, nos conduce esta novela coral, plena de voces indias, de voces mestizas, de chapetones, héroes y traidores. Pero sobre todo plena de voces de mujeres.

La crónica se extiende desde el suplicio del primer Túpac Amaru en 1572, hasta la muerte del rebelde Juan Bautista, en Argentina en 1825. El motor de toda la epopeya es desentrañar las raíces de la independencia de América Latina. Quien se sumerja en sus páginas ingresará en la gran epopeya de la libertad del Perú y del continente: desde el grito libertario de los Túpac Amaru que concluye en el sueño americano de San Martín y Bolívar. Detrás de la rebelión de José Gabriel Condorcanqui,  detrás de la de Diego Cristóbal y de Julián Túpac Katary, detrás de las tragedias de sus mujeres, amantes e hijos, detrás de sus trágicos antecedentes hasta sus terribles consecuencias, late el pulso de todo un pueblo que persiste en sus anhelos de libertad.

En una polifonía magistral en la que resuenan las voces de los jesuitas, de los oidores, de los dirigentes de la rebelión, se alza la voz de Clara Rojas, de Úrsula Josefa, de Bartolina, de Gregoria y otras. Cada una encarna un universo en sí. Nunca había leído una novela con tantas voces de mujeres protagonistas. No se trata de mujeres convencionales, esposas de sus maridos recluidas en la vida doméstica. Son verdaderas fuera de serie. Heroínas inmersas en la conquista de la libertad. La destreza del narrador que nos conduce hacia ese mundo de caos, es convertir en seres de carne y hueso a todos y cada uno de los héroes y tiranos, cobardes, mentirosos, traidores, animales que hablan con los hombres de buena voluntad, montañas que cantan y anuncian porvenires. Y mujeres, muchísimas mujeres, compañeras de los héroes, amantes de los traidores, madres de quienes luchan por la supervivencia de un mundo en combustión. No son vencidos, como quisieran algunos. Son más bien resistentes. Luchadores y soñadores. Hombres y mujeres que piensan que luchar por la libertad es el exacto sinónimo que luchar por la vida.

La prosa de Omar Aramayo consigue así retratar una sociedad feudal y colonial que pese a los siglos y los cambios políticos persiste soterrada en nuestras sociedades. Con otros andares, con otras maneras, pero ahí está, soterrada. Sin embargo, gracias a sus estrategias narrativas  el lector puede llegar a tener la impresión de estar ante un mundo virginal no obstante los siglos transcurridos.

Ha sido necesario todo el brío y la generosidad de un cronista de excepción, de un compositor de una verdadera sinfonía, de un  poeta y narrador fuera de serie para conseguir poner ante nuestros ojos todas las pasiones andinas, todas las pasiones humanas, el odio y el amor. Ha sido necesario el despliegue toda una sabiduría de la historia, de la geografía, la botánica y la zoología para aprehender la grandeza y la decadencia de un pueblo masacrado por las circunstancias. Quechuas y aymaras, mestizos y españoles. En estas páginas brillan grandes secretos de familia, grandes personajes, la potencia del relato, giros, sorpresas, vaivenes, el tono y los escenarios unas veces burlesco y al mismo tiempo trágico.

Me tinca que Omar Aramayo no dejó nunca de interrogarse por el sentido unitario de la historia y, a la vez, si existe realmente algo parecido al “progreso humano” más allá de los trajes, de los oropeles, de las apariencias. El talento del autor se expresa aquí desde las cimas más elevadas de la poesía.

Respecto al tiempo en el que transcurre esta epopeya, la caravana de la muerte, la extinción de la estirpe maldita, el autor nos deja entender que la preocupación más acuciante es la cuestión de los indios y de los campesinos en general obligados a abandonar sus tierras para hundirlos en una vida de onerosos trabajos cuya única finalidad es sobrevivir para, un día tras otro, volver a trabajar dura y crudamente. En paralelo a la intranquilidad y el desasosiego frente a la desvinculación del ser humano de la naturaleza, se vuelve visible la desesperación de las mujeres violadas que se resisten a ser madres. Ellas son las más radicales porque viven en sus propios cuerpos el mal desastroso, quizá insalvable: la violación y el aborto, el mal del desarraigo en el propio ser. Seguro que este narrador, este poeta, este filósofo está habitado por la idea de que la unilateralidad es la causa principal de la infelicidad humana.

Consciente de que cada época tiene su propia aflicción, ya no el narrador, me parece incluso que el propio autor, padece esos dolores y afronta los espantos de sus personajes como un verdadero guerrero en medio de la fronda. Ese conocimiento ha terminado cuajando en esta sinfonía: Voces que cantan. Voces que narran. Hombre y mujeres que cuentan sus dramas. Lloran y gritan. Maldicen y ruegan. Y por encima de todos ellos, el dios creador de ese canto coral. En su entramado se concentra genialidad y talento innegables. Estamos ante una obra totalizadora, ante un discurrir épico escrita con la incorporación de un castellano andino rico en representaciones, plena de imágenes y broncas metáforas utilizadas según las necesidades de la historia. El discurso es denso y la estructura no es lineal porque Omar Aramayo utiliza vasos comunicantes que ligan historias hundidas en los pliegues más profundos del mundo andino, fracciones de la historia en general.

Lo digo sin ninguna duda. No sólo estamos ante la prosa de uno de los narradores más brillantes y profundos de nuestra historia de las letras, sino también ante un hondo pensador cuyas ideas, estoy seguro, fueron formándose al calor de sus plurales y muy diversas experiencias vitales en los escenarios de este magnífico fresco del mundo andino. La poesía y la metafísica, el impulso hacia la creación y hacia el conocimiento sistemático, son como respuestas alternas e inseparables a las presiones de la experiencia.

JORGE NÁJAR

París, febrero del 2020.

2 comentarios »

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  1. Magnífica edición. Muchas gracias Sonia Luz.

    • De nada. Las gracias a ti y un abrazo grande también para Omar. Lujo el mío.


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