TOM WOLFE:  NUEVA YORK, CALIFORNIA, dos ciudades para ser narradas

junio 9, 2018 en 1:10 am | Publicado en Artículos sobre Literatura, Comentarios diversos, Comunicación y Cultura, Documentos, Noticias y demás... | Deja un comentario
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Wolfe. Fuente: Internet

El 14 de mayo último  murió Tom Wolfe a los 87 años. Con él se va extinguiendo la promoción de  periodistas que renovó la crónica periodística al aplicar en el texto las técnicas de la narrativa literaria. Wolfe, había nacido en Virginia en 1931, estudió  Literatura Inglesa en Washington y más tarde, en 1959, se doctoró en Filosofía en la Universidad de Yale con una tesis    sobre la influencia del comunismo en los escritores norteamericanos. Su carrera periodística se inició en el diario La Unión de Massachusetts, y continuó en  el Esquire, The New York Herald Tribune y Washington Post.  Autor de novelas, como La hoguera de las vanidades, sus trabajos enmarcados en lo que dio en llamar El nuevo periodismo fueron publicados en el suplemento del New York Herald Tribune.

En el fragmento que sigue, Wolfe da cuenta del contexto en el que, ante la ausencia de narrativa literaria  que registrara los cambios urbanos que se venían produciendo en la sociedad estadounidense de los años 60’, a través de relatos de “no ficción”, se abren las posibilidad de renovar el texto periodístico.

NUEVA YORK  Y CALIFORNIA por TOM WOLFE

Cuando llegué a Nueva York a principios de los años sesenta, no pude dar crédito al espectáculo que se abría ante mí. Nueva York era un pandemónium con una sonrisa burlona puesta. Para los tipos con dinero —y parecían multiplicarse como conejos— era la época más desatada, más insensata que se había conocido desde los años veinte… Un universo de gordinflones y gordinflonas peripuestos y melosos de-cuarenta-y-cinco-años con ojos como cáscaras de nuez que se les iban delante de los pasteles de menudillos, que llevaban fajas y minifaldas y pestañas Little Egypt y patillas y botas y campanitas y pulseras del amor, que bailaban el Watusi y el Funky Broadway y se agitaban y hacían muecas y sudaban y sudaban y hacían muecas y se agitaban hasta las primeras luces del alba o la completa deshidratación, lo que llegase primero… Era un carnaval abrumador. Pero lo que realmente me maravilló es que, como escritor, lo tenía prácticamente todo para mí. Tan deprisa como permitían mis posibilidades, yo iba fabricando artículos sobre este pasmoso espectáculo que yo veía burbujear y vociferar ante mis ojos maravillados —¡Nueva York!— y todo este tiempo yo sabía que algún novelista emprendedor no tardaría en aparecer para pintar toda esta maravillosa escena de un solo trazo gigantesco, atrevido, definitivo. Estaba tan preparado, tan maduro, como si hiciera señas… pero nunca llegó a ocurrir. Para mi gran asombro Nueva York permaneció sencillamente como la mina de oro del periodista. El caso es que los novelistas parecían retroceder ante la vida de las grandes ciudades en su totalidad. El pensamiento de tener que habérselas con semejante tema parecía aterrarles, confundirles, hacerles dudar de sus propias facultades. Y además, esto habría significado tener que medírselas con el realismo social, por añadidura.

Wolfe en Manhattan. 1968. Sam Falk. The New York Times

Para mi todavía mayor asombro, tuve la misma experiencia cuando descubrí la California de los años sesenta. Era la auténtica incubadora de los nuevos estilos de vivir, y esos estilos estaban justo allí para que todos los vieran, al alcance de cada globo ocular… y una vez más unos cuantos periodistas sorprendidos que cultivaban la nueva fórmula lo tenían todo para ellos, hasta el movimiento psicodélico, cuyas ondas se perciben aún en todos los confines del país, como el latido intergaláctico. Escribí The Electric Kool-Aid Test y aguardé luego las novelas que estaba convencido caerían de la experiencia psicodélica… pero tampoco llegaron nunca. Supe más tarde que los editores las habían estado esperando también. De hecho habían estado pidiendo a gritos novelas de los nuevos escritores que debían de andar por alguna parte, los nuevos escritores que harían las grandes novelas de la vida de los hippies o la vida en los campus o los movimientos radicales o la guerra del Vietnam o la droga o el sexo o los militantes negros o los grupos de encuentro o toda esa vorágine a la vez. Esperaron, pero todo lo que obtuvieron fue el Príncipe de la Alienación… haciéndose a la mar con rumbo a Isla de la Soledad en su buque Tarot vuelto de espaldas con su capa de Eternidad puesta, apestando a bolas de alcanfor.

Pasmoso, como ya digo. Ya que nada más se había hecho, esto quedaría. Los Nuevos Periodistas —Paraperiodistas— tenían todos los años sesenta locos de Norteamérica, obscenos, tumultuosos, maumau, empapados en droga, rezumantes de concupiscencia, para ellos solos.

Viejo ejemplar de El Nuevo periodismo.

Wolfe, Tom(1977) El nuevo periodismo. Sexta edición1994 .Traducción de José Luis Guarner. Barcelona, Anagrama p.p. 48-49

 

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