‘UNA SOLA CARNE’  DE ALFREDO  PÉREZ  ALENCART O EL DISCURSO AMOROSO DE LA SUBLIME EXALTACIÓN POÉTICA. ENSAYO DE LEOCADIA REGALO.

junio 21, 2017 en 12:00 am | Publicado en Artículos sobre Literatura, Comentarios diversos, Comunicación y Cultura, Miscelánea, Noticias y demás... | Deja un comentario
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Una sola carne, de Alfredo Pérez Alencart, escritor peruano español se presenta en la ciudad de Lima luego de su  presentación en Salamanca. Selección de poesía amorosa que viene recibiendo atención y elogios. En esta ocasión me complace reproducir el minucioso ensayo de la escritora portuguesa Leocadia Regalo  como una invitación al encuentro con Alfredo y Jacqueline, queridos amigos, el lunes 26 a las 7:00 p.m. en el local del Colegio de Abogados de Lima, Av. Santa Cruz 255, Miraflores, con la participación de los poetas  Harold Alva y Héctor Ñaupari. Aquí el estudio tomado de
http://www.crearensalamanca.com/el-discurso-amoroso-de-la-sublime-exaltacion-poetica-ensayo-de-leocadia-regalo/

Más que una antología de poesía amorosa, Una Sola Carne se nos presenta como un canto sapiencial con sucesivos movimientos, unificados por una búsqueda apasionada del lenguaje, una contemplación que se va desdoblando en distintas evocaciones, un conocimiento – ora extasiado y jubiloso, ora lúcido y penetrante – que enraíza la poesía en la vida.

Como si fuese un himno nupcial, un epitalamio con el que el poeta Alfredo Pérez Alencart celebra los esponsales a lo largo de “veintitantos septiembres” con Jacqueline, su Musa, la poesía asume el valor de meditación sobre la vigorosa alegría de vivir la conyugalidad, combinada con la dimensión confidencial de la memoria, que origina, por la sublimación, la creación poética como trance y exaltación, rumbo a un espacio de utopía personal, lugar del deseo y de su plena realización. El lenguaje concibe la metamorfosis de ese mundo que acoge a los amantes y nos abre acceso al milagro que solo ellos saben compartir. La vida sucede en una intemporalidad que pertenece a sus gestos, a su entrega, a su intimidad, a su capacidad de procurarse la felicidad.

Pedí el fuego y se me concedió en toda su totalidad.

Solo soy el cuerpo que te contiene mientras crece

la noche  y reaparecen milagros reconocibles

tomando posición.

 !Oh entusiasmo, guarda en tu puño firme

la contraseña

de este encarnado deleite!

             Noche tatuada, p. 54

Al hablar de esta poesía, se piensa en encantamiento, en sublime comunión, en metamorfosis de la sangre en el verbo. La plenitud del amor encuentra palabras que trasmiten su poder sobre el universo de los esposados. Los cuerpos, como pura afirmación del ser y como exigencia de una dignidad sin precio, buscan la fusión, la unidad, la intemporalidad.

                          Ah, Dios fue testigo del goce

mojando nuestras bocas al crepúsculo, al amanecer

detenido un instante mientras bailaban las estaciones.

                         Si lo hicimos, p. 49-50

 El amor se revela en su dimensión diurna que es aspiración de luz, busca de bondad, dádiva de ternura, así como en esa vivencia nocturna, hecha de ansiedad, de deslumbramiento, de éxtasis y de júbilo. Se unen y complementan estas dos dimensiones para anunciar la armonía sagrada de la unión de los cuerpos, perseguida de poema en poema, construida en una materia translúcida y fluida, densa de imágenes que proporcionan a los poemas un contenido inmediato, para imponer sus voces y sus horizontes cargados de música.

¡Hágase la luz en el espejo azul de nuestro tálamo!

¡Apáguese la luz para admirar la sinuosidad

de las caricias!

Y así vamos salvando los días, aferrados a la melódica

compañía de las aguas y a la solidez que el amor cimenta.

                         Eres mi Corina, p. 118

La mujer, como fuente de deseo, cantada en todo el esplendor de la sensualidad y de la contemplación estética, es considerada como vía para el conocimiento de la totalidad del ser, como razón de permanencia y fidelidad a un estado de gracia que se metaforiza en el concepto de patria.

Así es, a rasgar la noche con luz que muscula más luz

abalanzada desde los ojos desplegados por un querer

que manotea de pronto mortales impaciencias

o palomas de veinte colores rosando el horizonte

alcanzable de esa mujer con patria que no tiene frio

porque su talle es dulce llama esbelta

donde se transfiguran los anhelos.

Noche tatuada (p.53)

  

He llegado a comprender que

– en este mundo-

mi patria verdadera

la encuentro

en el mapa de tu cuerpo.

 Patria (p.41)

Ya sea invocada como Amada, princesa, gacela del Líbano, Eva, Enviada, Corina, morena, “mujer de ojos extremos”, Dulcinea, alma gemela, compañera, Querubina, Sulamita, en una vastísima alusión al núcleo de lo femenino, anima que se conjuga con animus, Tierra que es abrazada por el Cielo, alma y espíritu en plena unión, la Esposa es parte integrante de la humanidad del poeta y a ella dedica versos emocionados y apasionados, como los del poema He de nombrarte, Jacqueline (p. 138).

El juego libre con la poesía surge como especie de manipulación de los modelos literarios, en las múltiples formas y relaciones posibles entre los textos. La imitación, la estilización, la paráfrasis, la cita, crean ese tejido poético urdido con materiales intertextuales: las resonancias bíblicas del Génesis, del Cantar de los Cantares, de los Salmos, de los Proverbios, del Eclesiastés están presentes a lo largo del discurso, así como el diálogo intertextual con los poetas místicos San Juan de la Cruz, Fray Luis de León y Santa Teresa de Ávila, con Cervantes y hasta con el escritor brasileño José de Alencar, que inmortalizó a Iracema. Así se instala una tensión permanente, intrínseca al proceso de creación, entre construcción y expresión o entre convención poética y espontaneidad. Esta tensión es superada con la simplicidad de una forma natural, resultado paradojal del esfuerzo constructivo del estilo, mediante el dominio técnico del lenguaje y, simultáneamente, la cristalización espontánea del misterio de la inspiración. Retomadas de la tradición, las palabras con un aire de viejas conocidas, se reagrupan en imágenes formadoras de una especie de constelación visionaria, en torno a los puntos de manifestación del sujeto poético.

Mujer: espósame con invocaciones

que nombran lo amado, con emoción continua, con risas

que destellen eternidad y asedio a mis partes mortales,

asiladas por tu respiración en mitad de la almohada:

centro vivo, pulsación que me concierne, cerebro febril

gravitando en la certeza de mis manos, movimiento

libre de tus nervios principales en cuya rotación

nunca quedo a oscuras.

                         Mujer de ojos extremos, p. 30

Alfredo y Jacqueline

Una Sola Carne nos ofrece la medida humana y artística del universo particular del poeta, descubriendo cómo en él se interrelacionan y funden lenguaje, realidad y sueño, por obra de la imaginación creadora, cuya forma de proceder en él se expone abiertamente. Acompañar los movimientos del deseo del poeta en cuanto creador de ese universo particular, de un cosmos propio, es comprender que ahí se encuentra la emoción poética.

 La alianza secreta de sonido y sentido, el descubrimiento de la fuerza encantatoria de ciertas palabras o de encuentros de palabras en imágenes inesperadas, el poder de la revelación que, de repente, adquieren los nombres más simples de lo cotidiano, en instantes de iluminación, son las metas de ese itinerario que desemboca en el reino de la poesía.

Nuestro corazón ha visto un día futuro por el reino

del recomienzo carne viva de un espíritu flamígero

que engendra su regreso no por casualidad ni tan

temprano. Una sola carne un solo músculo nuestro

corazón sigue en pie por si enseña su claridad el milagro…

                         Mordisco para una resurrección, p. 55

Para Alencart, la revelación simbólica de la poesía, la inspiración repentina ocurre en el suelo de la más humilde cotidianidad, desde donde lo poético, como sublime secreto, puede ser desentrañado, es decir, re-velado, por fuerza de la depuración y condensación del lenguaje, en la forma simple y natural del poema.

También te amo

cuando tu rostro me despierta a las siete y treinta

e inaugura el nuevo día con la ternura

de unos labios carentes de carmín.

Contemplarte refugiada entre las sábanas

resulta suficiente para trazar la caminata

que supera el desencanto y encara

el agrio jornal y la envidia de quienes escrutan

demasiado el insistente vuelo.

            Mujer de la mañana, p. 115

El discurso sencillo establece una especie de mediación que tiende a contener (en el doble significado de este verbo) la elevación secreta. Es decir: el estilo llano tiende a convertirse en un medio para atenuar el contacto con la pura exaltación, como si esta, en su apariencia inmediata, implicase un excesivo poder.

Es curioso que el discurso humilde – medio que el Cristianismo forjó, modificando la retórica clásica, con el recurso a una mezcla de los niveles del estilo, donde lo alto puede estar contenido en lo bajo, como una forma de difundir la doctrina compleja y de encauzar ampliamente el mensaje divino – se presta aquí para dar expresión accesible y aceptable a algo que, al mismo tiempo, se busca y se teme, en un plano humildemente humano.

El poeta hace coincidir el momento de la inspiración poética con una manifestación epifánica, como si se tratase de una “sacralización del instante”, mientras que su lenguaje para decir lo poético evita la elevación, buscando en la humildad del suelo humano las palabras ciertas con las que parece exorcizar la grandeza dominadora de lo sagrado. El misterio más elevado de la poesía, su irrupción repentina e inexplicable, se deja apresar en una forma profana, semejante al estilo de la humildad que el Cristianismo creó para comunicar los más altos misterios de su fe. Así, se puede hablar en una especie de dialéctica entre lo sencillo y lo complejo como el proceso que constituye la base expresiva del universo lírico de Alencart. Adoptando un “sermo humilis”, el poeta altera los medios expresivos dominantes, con el fin de exprimir una vivencia compleja, en un estilo muy semejante al de la tradición cristiana, haciendo de lo sublime oculto una  condición primera del lenguaje poético.

La poesía tiende a confundirse, en la esencia, con  instantes de revelación y exaltación, momentos de extraordinaria intensidad vital, de súbita iluminación del espíritu impelido por movimientos del deseo que traen consigo imágenes de la memoria del cuerpo y de la necesidad física de plenitud amorosa.

Bulle el mundo en cada giro de los torsos. Se oxigena

el mundo en cada pausa del placer magnánimo. La

práctica es dilatada y se va haciendo palabra sobre los

cuerpos desnudos que se sostienen por el vientre,

confundidos de arriba abajo, colonizados en la síntesis

del deseo y en las posiciones propicias para la revancha.

Nocturno en Tejares, p. 116

El estado de poesía equivale, así, a una especie de estado de trance, en el cual el poeta, impulsado por la fuerza creadora, queda poseído por los instantes del éxtasis, cogido por un entusiasmo vital. La evocación del fulgor amoroso es, por así decir, una epifanía, una forma de manifestación de lo sagrado, que hace del poeta el ser fascinado, en locura momentánea de origen divino, como se observa en la concepción platónica de la inspiración poética, cuyos ecos atravesaron los siglos, resurgiendo con variantes y modulaciones en nuestros días. En Alencart la concepción amorosa es esencialmente humana, ligándose directamente a una raíz material, el cuerpo y el deseo, identificándose con una visión erótica, frecuentemente marcada por la desnudez y por la intensidad de la unión carnal. La exaltación sublime supone una elevación del espíritu, aunque las imágenes que el deseo proyecta en esa especie de voluptuosidad divina guardan claras señales de la percepción del cuerpo, como si evocasen un cielo ensoñado, en cuanto signos alucinados de esa percepción material, con el disfrute de los momentos de plenitud física y espiritual.

Apartándose propiamente de la experiencia religiosa, la iluminación en Alencart se aproxima paradójicamente a la noción del milagro. Ella es la intensidad momentánea del Eros, que proporciona al poeta el sublime amor en íntima alianza con Dios.

Alcanzar el Cielo por tu Cuerpo. Y girar allí, con el Dios

atento.

 Esquirlas, p. 163

 

Ato tu torso con el mío, y el deseo se refina y vive Dios en los

dos, sin agotar el rocío de su cielo.

             Ibídem, p. 155

La razón de tu cuerpo es preparación para que, entre asfixia y

asfixia, entable diálogo con Dios.

            Ibídem, p. 158

Así, el amor humano es espejo y manifestación del propio Dios, que se torna presente entre aquellos que se aman. Por eso, esta antología reúne himnos, odas, salmos, aforismos o haikus, que constituyen, por así decir, una liturgia amorosa, ritualizando la constante entrega del par que se volverá “uno”.

El Amado alisa el talle de la felicidad

sobre la piel en penumbras, en albores

de fiesta que propician íntimos desórdenes

para abrasarse dentro y fuera. Tremendo

poder el del amor conyugal en comunión,

entregándose a una boda para siempre.

(…)

La Amada se encoge en la pulpa de la vida

por fiel mandato de las savias mezcladas,

del fondo relevante del amor, de las delicias

invisibles, de los cánticos de un Amado

que no cambia de rumbo y bebe de su risa

y forja los días con su fosforescente ternura.

Cántico de los cuerpos, p. 25

De ahí la constatación lúcida y desafiante de esta acepción de la sexualidad: Lo sexual para el ser humano no debe ser una candente excentricidad, sino una inseparable y cotidiana muestra de estar vivo. (p.145)

El descubrimiento del misterio, equiparable al milagro de la poesía, es también el descubrimiento de la eternidad ante el destino inevitable de la condición humana: Extraña plenitud cuando formamos un único cuerpo, cuando  más  nos compenetramos sintiendo que aplazamos la muerte. (p. 165).

El mundo puede ser

un eclipse,

pero la eternidad

somos nosotros.

             Eternidad, p. 71

Por su riqueza y profundidad, la poesía de Alfredo Pérez Alencart permite variadas lecturas de distinto abordaje. Se trata de un habla poética que se expresa en la liberación de su total energía, atrapando al lector y manteniendo con este una complicidad tejida en los intersticios de la memoria y en la piel del deseo. Sin trascendencias, dogmas o mitos moralizadores, el discurso amoroso – presente en los poemas de Una Sola Carne – vive de un lenguaje que es sencillo pero denso, directo y a la vez simbólico, eufórico, también lúcido, para celebrar el fulgor de “una sola carne y una sola alma”, el esplendor del erotismo como manifestación natural que conduce al estadio de perfección y al entendimiento de/con Dios.

Hay que guardar, de esta voz del Poeta, y más allá del placer de la lectura, la aprehensión de los ecos de la autenticidad asumida en su mensaje profundo, que se fundamenta en valores y dimensiones esenciales, ¡tantas veces olvidados!, que celebran el Amor como comunión infinita de los seres que se entregan libre y desprendidamente en sus brazos.

(Traducción de José da Costa)

La autora del ensayo por Miguel Elías

LEOCÁDIA REGALO (S. Jorge – Açores, Portugal, 1950). Licenciada en Filología Románica por la Facultad de Letras de la Universidad de Coimbra, ejerció funciones  docentes y de formación de profesores  en la enseñanza secundaria y superior, estando ya jubilada. Escritora, ensayista y traductora, publicó obras de carácter científico y pedagógico, teniendo colaboraciones dispersas, especialmente crítica literaria, en revistas, periódicos y blogs. Como poeta,  publicó su primer libro, Pela Voz de Calipso, en 1998, seguido de Sob a Égide da Lua (Palimage Editores, 1999).  Passados os Rigores da Invernia aparece en 2003, en la Editorial Caminho. Años más tarde aparecen Tons do Sul, en 2011 y, en el ámbito de la literatura infanto-juvenil, Lia no país da poesia (2014), integrado en el Plan Nacional de Lectura, ambos con edición de Terra Ocre / Palimage. Está representada en varias antologías.

 

 

 

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