CARTA DE UNAMUNO A RUBÉN DARÍO, Homenaje en Salamanca el 22 de febrero.

febrero 19, 2014 en 10:49 pm | Publicado en Artículos sobre Literatura, Comentarios diversos, Comunicación y Cultura, Documentos, Miscelánea, Noticias y demás... | Deja un comentario
Miguel de Unamuno por Miguel Elías, Salamanca, 2014

Miguel de Unamuno por Miguel Elías, Salamanca, 2014

Rubén Darío por Miguel Elías (146x114  Técnica mixta sobre lienzo) Salamanca, 2014

Rubén Darío por Miguel Elías (146×114 Técnica mixta sobre lienzo) Salamanca, 2014

El  18 de enero se conmemoró el nacimiento del poeta nicaragüense  Rubén Darío (Metapa, hoy Ciudad Darío, 1867) y el 6 de febrero su fallecimiento (León, 1916). Celebrando al más reconocido representante del Modernismo hispanoamericano, el próximo 22 de febrero en el Aula Unamuno de la Universidad de Salamanca, se llevará a cabo un encuentro organizado por la Asociación de Antiguos Alumnos y Amigos de la Universidad de Salamanca, la Sociedad de Estudios literario y Humanísticos de Salamanca y el Festival Internacional de Poesía de Granada, de Nicaragua.

Dando cuenta de esta actividad nos llega un artículo del poeta peruano-español, Alfredo Pérez Alencart, publicado en el portal de Salamanca Radio Televisión en el que explica  que en el acto se dará lectura, en la voz de José María Sánchez Terrones,  a  la  carta que Don Miguel de Unanumo  escribiera al conocer  la muerte del poeta nicaragüense.

El mencionado artículo difunde este preciado documento y el autor remarca su carácter de “hermosa ofrenda de don Miguel, … nota arrepentida de ciertos desdenes e ingratitudes hacia Darío.” Las ilustraciones se las debemos al pintor y profesor de la  Universidad de Salamanca, Miguel Elías.

Reproduzco con verdadero placer  el  valioso documento: 

Hay que ser justo y bueno…

¡Pauvre  Lelian! se dijo de Verlaine, y Rubén lo recordaba. ¡Pobre Rubén!, digo yo ahora. Porque este otro niño grande era también, como aquél, bueno, entrañadamente bueno. Débil, entrañadamente débil. No podía consigo mismo. Y paseó por ambos mundos su pavor ante el misterio y su insaciable sed de reposo para ir a morir junto a su cuna, él, el hombre de todos los países cuya patria no era de este mundo.

Conocí y traté a Rubén; no lo bastante. Conservo de él una docena de cartas, en algunas de las cuales se ve al hombre. Fue quien me llevó a La Nación, de Buenos Aires, en que colaboro hace años.

Quiero ahora aquí, como ofrenda al hombre, comentar una de esas cartas. Con esta lengua que el Demonio nos ha dado a los hombres de letras, dije una vez delante de un compañero de pluma que a Rubén se le veían las plumas —las de indio— debajo del sombrero; y él que me lo oyó, ni corto ni perezoso, esparció la especie que llegó a oídos de Darío. Y este, poco después, el 5 de septiembre de 1907, me escribía desde París: “Mi querido amigo: Ante todo para una alusión. Es con una pluma que me quito debajo del sombrero con la que le escribo. Y lo primero que hago es quejarme de no haber recibido su último libro. Podrá haber diferencias mentales entre usted y yo, pero…” No copio lo que sigue, pues no quiero aparecer haciéndome el propio artículo ante la muerte, aun fresca y palpitante de pena, del óptimo poeta y hombre mejor.

Seguía luego la carta así: “Mas yo quisiera también de su parte alguna palabra de benevolencia para mis esfuerzos de cultura”. Tampoco debo copiar lo que sigue, y que a mí se refiere, hasta que dice: “Y en cuanto a lo que a mí respecta, una consagración de vida como la mía merece alguna estimación”. ¿Alguna estimación? ¿Nada más que alguna estimación? ¡Noble Rubén! ¡Con qué dignidad, con qué nobleza se quejaba de una conducta que, en verdad, no debí haber para con él seguido!

La carta acababa así: “La independencia y la seriedad de su modo de ser le anuncian para la justicia. Sobrio y aislado en su felicidad familiar, debe comprender a los que no tienen tales ventajas. Usted es un espíritu director. Sus preocupaciones sobre los asuntos eternos y definitivos le obligan a la justicia y a la bondad. Sea, pues, justo y bueno. Ex todo corde, RUBÉN DARÍO.”

Han pasado más de ocho años de esto; muchas veces esas palabras de noble y triste reproche del pobre Rubén me han sonado dentro del alma, y ahora parece que las oigo salir de su enterramiento, aún mollar. ¿Fui con él justo y bueno? No me atrevo a decir que sí.  Quería alguna palabra de benevolencia para sus esfuerzos de cultura de parte de aquéllos con quienes se creía, por encima de diferencias mentales, hermanado en una obra común. Era justo y noble su deseo. Y yo, arando sólo mi campo, -desdeñoso en el que creía mi espléndido aislamiento, meditando nuevos desdenes, seguí callándome ante su obra. ¿Fue esto justo y bueno? No me atrevo a decir que sí.

Él, por su parte, no se calló ante la mía. Ante mi obra poética, quiero decir. Cuando publiqué mi primer volumen de poesías, lo mejor, sin duda, lo más cordial que sobre ellas se dijo, fue lo que dijo Rubén en un artículo de La Nación, bonaerense. No lo olvidaré nunca. Y las cartas que después me escribió fueron nobles, sinceras y dignas. Y es aquél óptimo poeta era un hombre mejor.

Le acongojaban las eternas e íntimas inquietudes del espíritu, y ellas le inspiraron sus más profundos, sus más íntimos, sus mejores poemas. No esas guitarradas que se suele citar cuando de su poesía se habla, eso de “la princesa está triste; ¿qué tendrá la princesa?” o lo del “ala aleve del leve abanico”, que no pasan de leves cosquilleos a una frívola sensualidad acústica; versos de salón sin intensidad ninguna. Porque el pobre Darío tuvo la triste suerte de todos los que de verdad remueven y ahondan y renuevan, y es que de lo suyo adquiera más pronta y extensa boga lo menos suyo y lo más flojo. Si me hubiera dejado guiar por lo que de él me recitaban los que decían admirarle más, no le hubiese leído nunca. ¡Fortuna grande que le conocí y descubrí al hombre, y éste me llevó al poeta! Al indio —lo digo sin asomo de ironía; más bien con pleno acento de reverencia—, al indio que temblaba con todo su ser, como el follaje de un árbol azotado por el cierzo, ante el misterio. Pues para él era el mundo en que erró, peregrino de una felicidad imposible, un mundo misterioso.

“Sea, pues, justo y bueno”. Esto me decía Rubén cuando yo me embozaba arrogante en la capa de desdén de mi silencioso aislamiento, de mi aislado silencio. Y esas palabras me llegan desde su tumba reciente ahora que veo llegar la otra soledad, la de la cosecha.

¡No, no fui justo ni bueno con Rubén; no lo fui! No lo he sido acaso con otros. Y él, Rubén, era justo y era bueno. Era justo; capaz, muy capaz de comprender y de gustar las obras que más se apartaban del sentido y el tono de las suyas; capaz, muy capaz de apreciar los esfuerzos en pro de la cultura que iban por caminos, los al parecer más opuestos a los suyos. Tenía una amplia universalidad, una profunda liberalidad de criterio. Era benévolo por grandeza de alma, como lo fue antaño Cervantes. ¿Sabía que él se afirmaba más afirmando a los otros? No, ni esta astucia de fino egoísmo ha­bía en su benevolencia. Era justo, esto es, comprensivo y tolerante, porque era bueno.

Aquel hombre, de cuyos vicios tanto se habló y tanto más se fantaseó, era bueno, fundamentalmente bueno, entrañadamente bueno. Y era humilde, cordialmente humilde. Con la grande humildad que, a las veces, se disfraza de so­berbia. Se conocía, y ante Dios – ¡y hay que saber lo que era Dios para aquella suprema flor espiritual de la indianidad— hundía su corazón en el polvo de la tierra, en el polvo pisado por los pecadores. Se decía algunas veces pagano, pero yo os digo que no lo era. No descansó nunca aquel su pobre corazón sediento de amor. No de amar, sino de que se le amase.

“Alguna palabra de benevolencia para mis esfuerzos de cultura”. Aún me resuena esta queja y reproche y demanda. ¡Que no era pedirme una limosna, no, no!, sino era pedirme una justicia. “Sea, pues, justo y bueno”.

Nadie como él nos tocó en ciertas fibras; nadie como él utilizó nuestra comprensión poética. Su canto fue como el de la alondra; nos obligó a mirar a un cielo más ancho, por encima de las tapias del jardín patrio en que cantaban, en la enramada, los ruiseñores indígenas. Su canto nos fue un nuevo horizonte, pero no un horizonte para la vista, sino para el oído. Fue como si oyésemos voces misteriosas que venían de más allá de donde a nuestros ojos se juntan el cielo con la tierra, de lo perdido tras la última lontananza. Y yo, oyendo aquel canto, me callé. Y me callé porque tenía que cantar, es decir, que gritar acaso, mis propias congojas, y gritarlas como bajo tierra, en soterraño. Y para mejor ensayarme me soterré donde no oyera a los demás.

¡Pobre Rubén! ¿Te llegarán tarde estas líneas de tu amigo que no quiere ser injusto ni malo? Nunca llegan tarde las palabras buenas Dicen que la hora de la muerte es la de las alabanzas. Pero si estas son sinceras y son justas, hasta vale la pena de morirse, porque ante Dios y los hombres resuenen las alabanzas sinceras y justas. ¿Por qué en vida tuya, amigo, me callé tanto? ¡Qué sé yo…! ¡Qué sé yo…! Es decir, no quiero saberlo. No quiero penetrar en ciertos tristes rincones de nuestro espíritu. Pero tú, pobre Rubén, me estás diciendo desde tu reciente tumba: “Sea justo con los otros, con todo-; sea bueno con los otros, con todos”. Pero…

De tal modo se tapa uno los oídos para no oír a los demás y que no le distraigan de sí mismo y le dejen así oír mejor la voz de sus entrañas, que acaba por no oírse ni a sí mismo. Y no comprende uno que esa voz que cree de sus entrañas es la voz de los otros, de aquellos a quienes no quiere oír, que por sus entrañas le llega.

Sí, buen Rubén, óptimo poeta y mejor hombre: éste tu huraño y hermético amigo, que debe ser justo y debe ser bueno contigo y con los demás, te debía palabras no de benevolencia, de admiración y de fervorosa alabanza, por tus esfuerzos de cultura. Y si Dios me da salud, tiempo y ánimo, he de decir de tu obra lo que —más vale no pensar en porqué—no dije cuando podías oírlo. ¿Lo oirás ahora? Quisiera creer que sí.

Hay que ser justo y bueno, Rubén.

FUENTE:

http://www.salamancartv.com/contributorpost/unamuno-en-voz-de-sanchez-terrones-rinde-homenaje-a-dario-y-en-su-propia-aula-dira-hay-que-ser-justo-y-bueno-ruben-entre-pinturas-de-miguel-elias/

También  ver:

EL CRISTO DE VELÁSQUEZ EN LA POESÍA DE MIGUEL DE UNAMUNO

https://hablasonialuz.wordpress.com/2007/04/01/el-cristo-de-velasquez-en-la-poesia-de-miguel-de-unamuno/

A  ESPAÑA  OTRA  VEZ
https://hablasonialuz.wordpress.com/2008/09/30/a-espana-otra-vez-xi-encuentro-de-poetas-iberoamericanos-en-salamanca/

Tags: Rubén+Darío , Miguel+de+Unamuno ,  Carta+Unamuno+Darío , Alfredo+Pérez+Alencart , Miguel+Elías , Universidad+de+ Salamanca

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