COUFFON: EL INTERMEDIARIO, EL POETA, EL INEFABLE, homenaje a Claude por el poeta peruano Jorge Nájar, al que adhiero agradecida por su vida y obra

diciembre 19, 2013 en 11:45 am | Publicado en Artículos sobre Literatura, Comentarios diversos, Comunicación y Cultura, Miscelánea, Noticias y demás... | Deja un comentario
Claude Coufon

Claude Couffon

COUFFON:

EL INTERMEDIARIO, EL POETA, EL INEFABLE

Un caso muy curioso dentro de la poesía francesa contemporánea acaba de apagarse. Claude Couffon ha muerto. Esta mañana, 18 de diciembre del 2013, me lo cumicó por teléfono la misma Elisa, su esposa. Ha fallecido en el Hospital de Caen, muy cerca de la localidad donde nació en 1926. Y al evocarlo se me viene a la memoria el primer poema con el que se abre Tarde o Temprano, su último libro: “Me hubiera gustado ser otro. / No aquél a quien se conoce / e incluso se reconoce. // Ser Bosquet o Sabatier. / Alberti o Neruda, / Louis Aragon o Paul Eluard. / O bien / tantos otros que ríen en sus barbas… // Pero yo sólo soy / -disculpen si me ufano- / aquél que todos llaman Couffon.”

EL INTERMEDIARIO

En 1976, a fines de noviembre, en los mingitorios de La Complutense descubrí una serie de garabatos con pretensiones de letrilla. Muchas de ellas estaban habitadas por la pretensión política, por el veneno de la envidia o simplemente por la más burda grosería. He aquí un ejemplo: “En París, cada bufón / tiene su Couffon.” Yo venía de Lima y estaba de paso hacia París. Antes de emprender el viaje había vendido toda mi biblioteca. Uno de los sectores más acariciados era la poesía de García Lorca y los documentos que lo acompañaban, entre ellos el mítico Granada y García Lorca de Couffon publicado por Losada, en Buenos Aires, en 1967. ¿Ven lo que quiero decir? ¿Calibran el volumen de la envidia? ¿Quiénes eran los bufones según el chistosito autor de esa canallada? Recordemos que hasta 1976 Couffon había traducido e introducido en el mundo del libro francés no sólo la poesía de García Lorca sino también la de Miguel Hernández, la de Rafael Alberti, la de Blas de Otero, la obra narrativa de Miguel Ángel Asturias, la ambición de Pablo Neruda y los cantos de Nicolás Guillén, entre otros. No vale pues la pena ocuparse de la naturaleza del autor del citado graffiti. Vale, sí, ocuparnos del intermediario, del passeur como dicen los franceses, una especie en vías de extinción dentro del universo literario, no sé si sólo francés, de nuestros días.

El otro chisme que se me viene a la memoria ocurrió en París, en el invierno de 1978. De vez en cuando me reunía con algunos amigos en el Café de la Ciudad Universitaria para hablar de nuestros afectos comunes: la política, el arte, la literatura y para intercambiar impresiones sobre la sociedad en la que nos encontrábamos. En esas sobremesas se me hizo familiar el nombre de Couffon. Las referencias lo presentaban como un profesor universitario, investigador y promotor de literatura en lengua castellana, tanto de éste como del otro lado del océano. Es la reencarnación de Midas, decían. Alguien, Dionisio o no sabían qué dios, le había otorgado el poder de convertir en oro todo cuanto tocaba en el mundo de las letras. Así decían. Pero más allá del aspecto externo de su trabajo, ¿quién era en realidad el personaje? La interrogación quedó sin respuesta durante algún tiempo hasta que llegué a conocerlo personalmente gracias a la mediación del poeta Armando Rojas. En las reuniones con Armando y Couffon saltó ante mis ojos la evidencia de que el personaje era dueño de un afilado sentido del humor, capaz de convertir en ángel al más pintado de los diablos. Desde entonces compartimos innumerables conversaciones, más de un Taller de Traducción en diferentes localidades de Francia, e incluso algunas aventuras de edición; por mi parte también he atizado el fuego de los comadreos de quienes encontraban inexplicable su obra de difusión de poesía, narrativa y ensayo en lengua castellana de los últimos cincuenta años.

En el mes de abril del 2002, después de haberlo hablado repetidas veces, en las pausas de los Talleres de Traducción dirigidos por Couffon, entre jóvenes aprendices de traducción, vinos blancos, ostras y bogavantes, llegamos a convenir fechas aproximadas para una serie de entrevistas sobre su aventura de intermediario en el mundo literario parisino. El domingo 21 de abril de ese año los electores franceses acababan de provocar un cataclismo en la primera vuelta de las elecciones presidenciales eliminando de la confrontación al candidato socialista Lionel Jospin, para poner al representante de la derecha tradicional, Jacques Chirac, frente al ultra derechista Jean Marie Le Pen. El lunes por la mañana cuando descolgué el teléfono para llamar a su casa de Nogent sur Marne, Couffon parecía apesadumbrado y me dijo que una de las explicaciones del cataclismo había que buscarlas en el crecimiento de la inseguridad y la violencia que los socialistas no habían podido controlar. Así un asunto de policía urbana pasaba a convertirse en tema decisorio de las opciones políticas en Francia. Sin entrar en mayores discusiones fijamos para el día siguiente, martes 23, la fecha de nuestro encuentro. Eran las once de la mañana cuando me presenté en su casa. Couffon estaba afanado en enviar un fax para confirmar unas conferencias sobre Neruda. Por fin, a las doce del día, arrancamos con una entrevista que duró por lo menos tres horas.

La traducción como búsqueda de felicidad

En la conversación salía en claro que Couffon había conocido a casi todos los poetas españoles que sobrevivieron a los estragos de la guerra; salvo a Pedro Salinas, me dijo. Eso me llevó a preguntarle cuáles habían sido los criterios que le incitaron a traducir a unos y no a otros. Había intentado traducir la poesía de Jorge Guillén, me confesó, pero para sus gustos el resultado terminaba pareciéndose demasiado a la poesía francesa. No es que fuesen copias o algo similar, matizaba; todo lo contrario, sus poemas eran profundamente suyos pero, traducidos, resultaban siendo algo semejantes a los de Valéry, con ese estilo tan puro y profundo. En cambio el efecto que le produjo la poesía de Rafael Alberti fue fulminante. Lo leía y enseguida le salía la traducción con una melodía autónoma, sin necesidad de recurrir a artilugios. Y eso, creía, se debía a que ambos, él y el traducido, tenían una sensibilidad muy cercana; esa cercanía era lo que le producía felicidad al traducir. En realidad estaba poniendo en práctica la norma superior de los traductores: traducir sólo lo que nos gusta. Naturalmente, reconocía Couffon, el poema traducido es como la interpretación de una partitura; puede haber numerosas traducciones de un mismo poema, como en música hay numerosas interpretaciones de una exclusiva partitura musical. Esa ha sido su norma: música y felicidad.

 

La traducción entendida al mismo tiempo como la búsqueda de una melodía esencial y la coincidencia de sensibilidades entre el autor y el traductor también se produjo en el caso de Nicolás Guillén y no así con José Lezama Lima. Con Nicolás las cosas se pusieron en marcha inmediatamente, me dijo. En cambio, con Lezama, pese al entusiasmo inicial, no fue así. Cuando apareció Paradiso, Lezama le pidió a Couffon que se ocupara de la traducción. Y el aceptó. Firmó incluso el contrato con la casa editorial Le Seuil. Tradujo el primer capítulo y lo publicó en la revista Lettres Nouvelles en un número consagrado a la literatura cubana. Pero después el buscador de felicidad se descolgó del texto. Me confesó incluso que no sabía qué hacer. Todo se le volvía difícil. Se pasaba horas en la traducción de 20 líneas. Y no veía ninguna salida. Dejó las cosas a un lado a la espera tal vez de alguna iluminación en otro momento. Pero la iluminación no llegaba. Entre tanto, como el tiempo pasaba, en la editorial comenzaron a preguntarse qué ocurría, por qué no recibían la traducción. Y Couffon siempre contestaba que la novela era larga, muy larga. En realidad él no había avanzado más allá del primer capítulo. Comenzaron entonces a formarse grupos de presión para que otra persona se ocupara de la traducción. Sin embargo, cuando se revisa recientes antologías de poesía cubana en francés preparadas por Couffon nos encontramos siempre con poemas de Lezama. Lezama está siempre bien servido. Es imposible no incluirlo, me dijo, si se quiere una antología equilibrada y en acorde con la realidad literaria.

 

El fenómeno de la empatía ocurrido con García Lorca, Alberti,  Nicolas Guillén se produjo también con Miguel Ángel Asturias. ¿Cómo ha hecho para identificarse con gente tan diferente?, le pregunté ese día. La respuesta fue fulminante: Todos los hombres somos dobles o triples y a veces más. Dentro de una persona cohabitan diferentes sensibilidades. Pero lo que de veras le movía era la fascinación. Con muchos de los que tradujo hubo inicialmente un encuentro intelectual muy fuerte que terminó creando eso. Se encontró por primera vez con Asturias en casa de Juan Liscano o quizá en la de Carrera Andrade, me dijo, y hacía brevísimos instantes que estaban saboreando unos vinos cuando Miguel Ángel sacó de su bolsillo unos papeles con poemas suyos. Los leyó y le dijo que le gustaría que él, Couffon, los tradujera. Lo curioso era que Asturias ya tenía traductores de primera línea como Francis de Miomandre y Georges Pilmahn que habían trabajado con libros tan importantes como Leyendas de Guatemala, Hombres de Maíz o El señor presidente. Pero el día en que él se sacó esos poemas del bolsillo y le los entregó, Couffon se quedó impresionado. Los leyó inmediatamente. Aunque eran poemas escritos en español, la esencia era profundamente india, Maya. Y eso, claro, fue lo que le impactó.

El caso de La ciudad y los perros.

Ante estas confesiones de parte, no sé cuáles sean las razones profundas por las que Couffon no haya traducido hasta ahora al escritor emblemático de los peruanos de estos días. Me refiero a Mario Vargas Llosa. Fue el primero que leyó el manuscrito de La ciudad y los perros  me dijo alguna vez. Vargas Llosa se lo había entregado en cuanto terminó de escribirla. Y él la leyó enseguida, de un tirón. Se quedó tan entusiasmado que inmediatamente habló con Nadeau diciéndole que había que publicarla, que era una maravilla. En “Les lettres nouvelles” él había publicado de Vargas Llosa un cuento de su primer libro cuando con Octavio Paz y Julio Cortazar prepararon un número especial sobre las nuevas literaturas de Latinoamérica. Cuando Nadeau recibió el manuscrito de La ciudad y los perros  le preguntó a Couffon si él estaba listo a traducirla. El caso era que Couffon, me dijo él mismo, estaba entonces muy ocupado en la traducción de dos libros de Miguel Ángel Asturias y materialmente no le quedaba tiempo. Nadeau cogió el manuscrito y dijo que lo pasaría a sus lectores. Al cabo de unos seis meses más tarde, llamó Mario a Couffon para informarse sobre el estado de las cosas. Era un jueves, día en que Nadeau recibía. Y por eso le dijo a Mario que fueran juntos a la oficina. Subieron hasta el sexto piso en que se hallaba su despacho, en uno de los cuartos para las criadas de esos que tanto había por entonces en el Barrio Latino. El despacho de Nadeau se hallaba al lado de la oficina de Sartre, en el mismo pasillo. En la entrada se encontraron con la secretaria. Mario que la conocía se quedó hablando con ella. Couffon avanzó hacia el fondo del despacho de Nadeau. Cuando le habló del manuscrito de Mario Vargas Llosa el tipo se quedó sorprendido. No se acordaba de nada. Couffon le recordó algunas características y Nadeau fue a buscarlo en el armario. Lo extrajo del fondo de una infinidad de papeles. Leyó el informe que lo acompañaba. Y mientras leía, su cara se fue convirtiendo en una máscara grave, seria, triste, hosca. Y al cabo dijo, oye Claude, este libro no vale nada. Y le mostró la nota redactada por uno de sus colaboradores. En cuatro líneas el lector del manuscrito declaraba que la novela estaba plagada por un realismo sin interés alguno. Y, claro, ante eso, todo se había paralizado. Y, por supuesto, no la iban a traducir. Couffon recuperó el manuscrito, puso el informe en el bolsillo, tomó a Mario por el brazo y salieron. Ya en la escalera Mario preguntó: ¿Qué pasa? ¿Por qué tienes esa cara? Couffon respondió sin ningún rodeo: Nadeau acababa de decir que no iban a publicar la novela. Mario empalideció. Pero en ese mismo instante Couffon pensó en otra alternativa. Bueno, le dijo, tengo muy buenos contactos con Carlos Barral. En este momento vas a tu casa y preparas un paquete con el manuscrito mientras tanto yo le escribo una carta. Y veremos. Media hora después vino Mario al café donde Couffon acababa de escribir la carta. Fueron al correo y la despacharon. Tres semanas más tarde, el mismo Mario le llamó por teléfono a Couffon para anunciarle que acababa de recibir un telegrama de Barral más o m enos con este tenor: libro magnífico. No venderlo a nadie. Te felicito. Abrazos. A partir de ese momento ya todos sabemos la suerte que ha tenido el libro entre sus millones de lectores.

El intermediario.

He citado el caso de Vargas Llosa sólo porque se trata de uno de los más conocidos. Muchos otros han pasado por su intermediación para conseguir editor. Ese ha sido también otro de sus papeles más importantes. ¿Cómo ha procedido para abrirse camino en medio de la selva oscura que siempre ha sido el mundo de la edición, ahí y donde sea? Para verlo con mayor claridad conviene recordar que después de la Segunda Guerra Mundial los hispanistas de mayor renombre en Francia eran Francis de Miomandre y Georges Pilman. Era una época en que la generación de Asturias, Neruda, Onetti y otros publicaban sus libros dentro del catálogo general de cualquier editorial y así el destino de cada libro traducido era una verdadera aventura puesto que todavía no existían las colecciones especializadas. Así se publicó por ejemplo El laberinto de la soledad de Octavio Paz. Lo había descubierto Max Poul Fouchet y lo publicó en una de las editoriales a las que él tenía acceso. En ese momento y en esa circunstancia apareció Roger Caillois a su regreso de Buenos Aires donde había establecido vínculos muy estrechos con Borges y todo su grupo. Caillois consiguió convencer a Gallimard de la necesidad de crear una colección de literatura latinoamericana. Y en La Croix du sud  aparecieron los primeros libros de Borges, las primeras novelas de Carpentier quien pronto daría en el clavo con su obra maestra El reino de este mundo, a la que siguieron luego todas sus grandes novelas. Dentro de ese contexto hay que ubicar al intermediario Couffon; un medio en el que las relaciones universitarias, políticas y periodísticas estaban interconectados.

Muchos han sostenido que entre Caillois y Couffon provocaron el lanzamiento de la literatura latinoamericana en Francia. Pero la verdad sea dicha: Caillois trabajó sólo para La Croix du Sud y prácticamente no tuvo relaciones privilegiadas con la prensa; en cambio, si bien es cierto que no llegó a dirigir una colección, Couffon tuvo la ventaja de su intensa relación con la prensa. Desde muy joven colaboró con Le Figaro Litteraire; con Lettres Françaises, una de las publicaciones de la resistencia francesa y que después de la liberación fue dirigida por Loius Aragón; también Couffon trabajó para Les Lettres nouvelles, la revista literaria creada en 1952 por François Nadeau; intensas fueron sus colaboraciones con Le temps modernes, la revista creada por Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir; y, claro, Couffon también mantuvo lazos estrechos con la revista literaria Europe.

Esa es la razón por la que, según la tendencia política, el estilo o el mundo del escritor, Couffon ha podido orientar los libros de unos y otros hacia diferentes casas editoras.

COUFFON, EL POETA

Cuando se revisa la hoja de vida de Couffon uno se queda asombrado por la enormidad de los actos en los que ha participado para promover a la obra de sus amigos; es más, es peor diría yo, en ningún momento aparece alusión alguna a cualquiera de sus poemarios. Es como si deliberadamente para él sus propios poemas no tuvieses sitio en su recargada vida pública. Y claro, en alguna oportunidad, no pude dejar de preguntar sobre el por qué. Sí, ¿Por qué el poeta Couffon se oculta detrás del bosque de los autores que ha traducido y de los libros que ha escrito para difundir la obra de los otros? La respuesta fue hablarme de un jardín secreto que, para seguir cultivándolo, había que protegerlo de las alimañas, de los pesticidas y de los riesgos de la producción en serie. Tanto ha protegido su jardín secreto que en el Homenaje que le rindieron en Francia sus amigos escritores y editores, escuché algo que me llenó de asombro.

El viernes 18 de octubre del año 2002, en la noche de homenaje a la que aludo, le oí decir a André Velter, el director de la colección de poesía de Gallimard, que el poeta Couffon había sacrificado su propia obra para dedicarse a difundir el trabajo de los otros. ¿Pero de qué sacrificio hablaba Velter? ¿No recordaba acaso que la traducción es a la vez un ejemplo de práctica lingüística y el ejemplo mismo de toda operación lingüística posible, es decir pura poesía?

Una sombra, una imagen (1973).

Couffon no es un jovencillo lanzado a la aventura cuando aparece su primer poemario Le temps d’une ombre ou d’une image. Ya ha realizado gran parte del recorrido que he señalado. Tiene 47 años. El libro se abre con un proemio que él denomina Raison d’écrire  – Por qué escribo – en el que se puede leer: “Se encontrarán aquí con una experiencia onírica que se produjo durante el verano de 1971 cuando el autor se hallaba en una playa de Normandía. En el duermevela de una noche de julio, brotó un primer texto y se impuso con una intensidad extraña en mi memoria. Pronto surgieron otros textos habitados por imágenes obsesiónales…” Hay que subrayar en esta cita el entendimiento del acto poético como una experiencia onírica  que produce imágenes obsesiónales. Hay que subrayar también el escenario en el que ocurre. En seguida, cuando nos confrontamos con los poemas encontramos unos textos brevísimos, como tallados en la piedra pero habitados por una fina melodía. El primero lleva por titulo Rilke: “La rose était una lampe endormie / rêvant le jour rêvant la nuit / Un courant de mort l’a ternie” — “La rosa era una lámpara adormecida / soñadora de día soñadora de noche / Una corriente de muerte la empañó”. Tres versos le han sido suficientes a Couffon para condesar el universo rilkiano. Arranca con una imagen onírica, sin duda, pero extremadamente concreta en un primer momento: la rosa, la lámpara, el adormecimiento; para evolucionar luego hacia el extra-mundo de la muerte. En el siguiente poema, llamado Nerval, también nos encontramos de entrada con algo sumamente concreto: “Los nenúfares en el negro estanque / espían la ronda sibilina / del verde y del oro al trenzarse / en el aro plateado de la bruma / del parque infinito del recuerdo.

Si estuviéramos aquí para hacer un análisis prosódico de esta poesía nos detendríamos en los mecanismos de la rima interna; en los perfiles de un universo contrastado de luz y de noche, habitado por flores, vientos, agua y toda una paleta de colores; pero ese análisis lo vamos a dejar para otra oportunidad. Hoy quiero señalar que ese primer poemario se compone de 44 piezas. En su recorrido viajamos por el universo literario que lo obsesionaba por entonces; los ya citados Rilke y Nerval, más una plétora de poetas franceses, españoles, latinoamericanos, occidentales, y para mi gran placer, también el peruano Javier Heraud, poeta emblemático de mi generación. El poemario se cierra con una especie de remate o acotación firmada por Asturias. No sé por qué en su momento no se tradujo este poemario al español.

El cuaderno de la bahía (1974).

Un año más tarde nos entregó su Cahier de la baie du mont Sain Michel. Como en el anterior poemario ahora también estamos en Normandía, pero en esta oportunidad el escenario se ha vuelto más preciso pues nos hallamos en ese lugar emblemático que es la bahía del monte Saint Michel. El libro se compone de 43 objetos verbales y 6 aguafuertes. Si en el primer poemario nos proponía un viaje inmóvil, a la luz y el aire de una playa normanda, un recorrido por las melodías de sus poetas preferidos, por la evocación de sus lecturas, por el ensueño intelectual; en el Cuaderno de la bahía asistimos, en un primer momento, a un acercamiento a ese espacio sagrado de la cristiandad contorneándolo, disfrutando de la playa, del canto de las aves, del placer de la pereza, del júbilo de las miradas, del silencio, de la desnudez de los cuerpos, de los juegos prohibidos. He aquí una de sus piezas, Plage: “El día azulino me otorga sus barcas / La gaviota / sus sedosos caprichos / Para ser eternidad la playa se despliega / El instante / privilegiado /en la belleza del movimiento / se perenniza”  ¿Qué imagen más precisa del escenario de sus placeres esperamos? Todo está dicho sobre el lugar en el que asistiremos a sus gozos. Allí donde los devotos van a recogerse para implorar algún milagro, el poeta agnóstico sube al monte mostrándonos los jardines, las murallas, la gentuza, los amores clandestinos, los secretos del pirata. Couffon no está a la búsqueda de recogimientos ni de piedades sino, sólo, de una musiquilla muy íntima, de colores apacibles y de encendidos abrazos. De este hermoso libro yo me permití extraer numerosos poemas para integrarlos en la Antología de poesía contemporánea de expresión francesa que la UNESCO, en el año 2000, tuvo a bien lanzar una primera edición y la Pontificia Universidad Católica del Perú la segunda en el 2003.

1979: Celebrations.

El libro mayor de esta primera etapa de su producción poética, Celebrations,  fue publicado en 1979. Se compones de 83 poemas. En ellos retoma sus temas constantes, el aire, los colores del lar, la alegría de vivir, el placer de disfrutar de los cuerpos y de la naturaleza; pero al mismo tiempo rompe, expande y profundiza su universo poético, otorgándole así los matices propios de la epopeya del hombre contemporáneo en su devenir planetario. Oigamos lo que dicen en Teotihuacan: “Una piedra calla y otra se despierta / en la pasividad de la memoria / La oreja oye un silencio de pie desnudo en la arena / una música olvidada de argollas y brazaletes / Un ojo oblicuo insinúa el futuro de un sueño asesinado”  El poeta nos está induciendo a reflexionar no sólo sobre el “aquí” y el “lugar” de cada quien en el planeta sino también a rastrear en su obra la evolución de esos conceptos. Miembro de una generación contradictoria que padeció los efectos de la segunda guerra mundial y que soñó con la ruptura de los entrabes sociales, desde la aparición de su primer poemario, su voz ha estado marcada por una reflexión en torno al espacio natal, como ya lo hemos señalado, no por un afán de atrincheramiento sino más bien como expresión de la existencia. Más que cualquier otra preocupación ideológica, su poética se centra en interrogantes tales como: ¿Quiénes somos? ¿Dónde vivimos? ¿Para qué vivimos?

Una negrura intensa (1980).

Mas, de pronto, en la búsqueda de elementos de respuesta a esas grandes interrogantes, el lector asiste a un cataclismo. La casa poesía que hasta ahora había venido construyendo con materiales del gozo, con colores de felicidad, con melodías armoniosas, pierde la serenidad como si hubiera sido sacudida por los huracanes de la existencia; diría incluso que se disloca, el techo vuela, puertas y ventanas se descuajeringan, las paredes se desmoronan; sólo perduran los sólidos fundamentos y uno que otro pilar. El verso que había sido azulino con sonoridades de rondalla, se ha cargado de óxido para volverse negro, de un negro profundo. Tal es el caso de Aux frontières du silence (En las fronteras del silencio), aparecido en 1980 con tres impresionantes aguafuerte de Jacques Doucet. El libro en realidad es un oratorio fúnebre compuesto de 20 estancias. He aquí dos botones, porque para muestras, como decía mi abuela, no basta uno. Conformité: “A veces / adhiero mi cuerpo totalmente /contra la imagen de mi muerte / inserto / vida / en el vacío / y entonces / siento / la forma exacta de la ausencia” El verso, para quienes consigan verlo, carece de cesuras preestablecidas, el ritmo tiende a hacer coincidir sus tiempos fuertes con los tiempos fuertes del pensamiento; el verso es una sola palabra, y si así no fuera no sería un verso. He aquí el otro botón: “Cuando muera, enterradme / en el mar, dijo Alberti, / en mi guitarra, dijo Lorca. / Cuando yo muera, enterradme / en la rosa del corazón amigo.” El poemario se cierra con la siguiente nota de pie de página: Besnières-sur-mer, julio de 1978, Hospital Henri-Mondor, Créteil, 9 de febrero de 1979. Queda claro así que el poeta ha escrito esas 20 lápidas mortuorias durante los trances de la enfermedad.

En lo sucesivo aparecerían sus otros poemarios, tallados estos en la obsidiana negra de los sacrificios y las supervivencias. A lo largo de su lectura uno va sintiendo que el poeta se deja escribir por la poesía en el más profundo desasosiego; cada una de esas entregas son verdaderos exorcismos contra la muerte. Si bien el sentido de su poesía ha cambiado radicalmente, la factura ha permanecido. Todavía vivo –dice en Corps automnal (1981)- ¿pero acaso vivir / es arrancarle luz a la espuma del tiempo?

A lo largo de los más de 30 años que lo he frecuentado pude constatar sus exaltaciones y silencios. Couffon, como francés, es un bicho raro. Sólo una vez le escuché, brevemente, hablar de sí mismo. Ocurrió en Fougères, el pueblo en el que pasó algunos años de su infancia. El arroyo que se desliza al pie de la muralla, se envuelve en una rueda dentada antes de convertirse en chorros de piedra diamantina. Mirándolo atentamente le dije que creía descubrir algún verso suyo en esa realidad. Respondió con tres o cuatro palabras para confirmar mis impresiones y cambió de tema. Estábamos en los Talleres de Traducción que él animaba en la localidad con la complicidad del centro cultural del ayuntamiento y algunos profesores de los liceos locales. Sobre sus propias creaciones Couffon es el francés más discreto que he conocido. Y ese tipo de comportamientos en mí saben engendrar curiosidad. Allí encuentra raíz esta pesquisa sobre las huellas secretas del demiurgo y su yo, es decir sobre lo que este hombre aparentemente extravertido deja traslucir en su poesía. En 1983 nos entregó Absent / Present. Perdura el tono de la elegía mas, de pronto, brota un impromptus, tal el caso del Autorretrato pintado en esas páginas: “Esta representación es mi retrato jamás pintado / tiene los colores del día a orillas de la noche // mucho azul las manos los ojos cuando tocan / el paraíso secreto de la cómplice desconocida // mucho del verde de mi soledad / verde como el agua el árbol o la pradera / a la espera del canto para sublimar el silencio // un fino reflejo de oro para darle soleada alegría / un toque de carmín para el fuego de las heridas // y azul mucho azul verde mucho verde”. Un poco como el Dante al emerger de las profundidades del infierno, volvemos a entrever en su palabra luces, colores, alusiones a sus espacios privilegiados y a las amistades de la juventud.

Como algunos poetas de su generación, Couffon no quiere limitarse exclusivamente a la escritura de versos. Sus ambiciones de renovación también se orientan hacia una deliberada voluntad de prosa y hacia estructuras no sólo limitadas a tono y registro, sino hacia la construcción de un conjunto. Sin embargo, a diferencia de la mayoría de los poetas franceses de hoy, no le interesa la poesía como ejercicio retórico sino más bien como antena del alma. “Me aburren los profesionales de la poesía”, me confesó una tarde en Saint Malô en que saboreábamos unas copas de vino blanco y seco frente la inmensidad del mar. 

Sherlock Homes descubre un crimen de C. Vallejo.

En una de nuestras caminatas me dijo que había descubierto una bomba. Sí, una verdadera bomba. Se trataba del ejemplar de Escalas Melografiadas, el libro de relatos que César Vallejo había publicado poco antes de abandonar el Perú. No era un ejemplar cualquiera sino el mismo que César había dedicado a su padre y en el que el autor de Trilce había cometido un crimen. Sí, el crimen de corregir sus propios relatos años después de haberlos publicado. Incrédulo, le pedí que me los mostrara. Y llegando a París constaté el crimen. Y al mismo tiempo la prueba de que Vallejo consideraba que sus palabras, el tejido que ellas constituían, estaban vivas hasta cuando él pudiera seguir nutriéndolas o sometiéndolas a dieta para arrancarles toda la celulitis. Inmediatamente llamé a un amigo mío que trabajaba en el departamento de ediciones de una universidad peruana y le hablé del asunto. Arreglé una cita para presentarle a Sherlock Homes. Así apareció en Arequipa la nueva versión de Escalas que ahora los  vallejólogos denominan el Texto Couffon. Lo que yo supuse que provocaría una explosión atómica entre los vallejianos, que andan siempre con una retrocarga bajo el brazo para disparar contra los que se atrevan con el santo varón, cayó como un golpe de espada en el agua.

A la sombra de este cuerpo (1988).

Cuando en 1988 apareció A l’ombre de ce corps, constaté la persistencia de las ideas, los motivos, las imágenes y los colores oscuros en los que se movía. En cuanto a la forma, permanecía irreprochable en su precisión. Frío se llama el poema con el que se abre ese libro; de versos gélidos, volvemos a constatar sus espantos frente a la muerte, las separaciones, las rupturas. Así, directamente, nos instala en el territorio por el que nos conducirá, tenso, obsesionado, llegando incluso a los bordes de la neurosis. El camino por el que nos lleva va de un claroscuro a otro. Desde los atardeceres durante los que el ogro de la muerte lo persigue hasta los amaneceres de nuevos consentimientos. La noche, en todo caso, será el espacio de su voz. Y allí, en las oscuridades, asistiremos a las tribulaciones del demiurgo y su yo ante las futilidades que tienen ciertos libros que se le caen de las manos. El viaje se cierra con el poema Muelle. Se trata de un significativo adiós de aquellos en los que ya no se reconoce: cuerpos, palabras, afectos, vivos y aún bellos mientras el río pasa inmutable; mientras la vida sigue su curso hacia otros territorios. Fenêtre sur la nuit –Ventana a la noche- apareció en edición bilingüe en 1996. El libro venía acompañado por tres impactantes dibujos de Guayasamín. El terror de la noche, la añoranza de los cuerpos jóvenes, pero sobre todo un constante ir y venir sobre la importancia, la vacuidad, los colores o la opacidad de las palabras, son ahora las constantes. Entre los 27 poemas que lo componen hay cuatro en prosa. Trascribo uno de ellos, Amor: Y pensar que el amor no existiría sin las palabras. Pero incluso la palabra amor es una más. Vieja voz inmutable para los cuerpos siempre nuevos. Eternidad verbal de lo efímero. Tiene el perfume de las rosas de Ronsard, de Rilke o de Eluard, el azufre del Marqués, de Baudelaire, Apollinaire o Aragon, los huesos de miles de voces, el anonimato de un planeta desde aquella pulpa amarga de una manzana sospechosa. Mito. Árbol-mito con hojas de imágenes que hombres y mujeres alimentan con savia extraña y desconocida. Sin embargo, altos y claros susurros del ahora hay en las invisibles raíces del siempre.

El libro bomba.

El libro más potente de todo este largo período de inmersión en el oscuro cargado del rojo de los infiernos, es, sin duda, Tarde o Temprano, aparecido en México en 2002. El libro se compone de 37 poemas, separados en tres cuerpos, como los antiguos retablos. De yapa, como dicen las señoras de los mercados amazónicos cuando nos regalan unos granos después de haber adquirido algo en sus puestos de venta, vienen los testimonios de algunos de sus amigos, nada menos que los poetas Senghor, Sabatier, Asturias, Carrera Andrade, entre otros. El libro arranca con ese poema impresionante que ya he leído al iniciar esta conversa y que ahora vuelvo a repetir tan sólo por el gusto de afirmarme en mis convicciones, Nombre: “Me hubiera gustado ser otro. / No aquél a quien se conoce / e incluso a veces se reconoce. // Ser Bosquet o Sabatier. / Alberti o Neruda, / Louis Aragon o Paul Eluard. / O bien / tantos otros que ríen en sus barbas…// Pero yo sólo soy / -disculpen si me ufano- / aquél que todos llaman Couffon.”  Que duda cabe, cuando alguien plantea así, de entrada, el libro, el lector tiene que estar preparado para un arreglo de cuentas. ¿Pero arreglo de qué cuentas y con quiénes? Desde la resurrección que ha significado tanto para él como para sus lectores el contenido de En las fronteras del silencio hasta el que ahora deshojamos el poeta se ha confrontado con la muerte, con la enfermedad, con los amores perdidos, con el silencio, con la traición. Agotados los espejismos del destino salvador del genero humano –aquella lucha de clases a la que hacía alusión inicialmente– y agonizantes las ideas de la trascendencia, en ningún momento su palabra se ha extraviado en los señuelos teológicos. El infierno no son los otros, como sostuvo alguien; el infierno somos nosotros mismos parece decirnos Couffon.  Y acaso el paraíso también.  Se ha refugiado, sí, en la pura inmanencia de su palabra ceñida, sin una gota de grasa, sin autocomplacencias vulgares. Pero para verificarlo, caracho, como decimos en el Perú, tendrían que leerlo, incluyendo, claro, El cuaderno secreto, poemario del que he oído hablar pero que hasta ahora no he podido conseguir en ninguna parte. Tendrían que leerlo, caracho, porque además de lo que he señalado, su voz, su palabra está también habitada de un espíritu socarrón; pero no entraré en esos detalles para que quede eso de carnada. Así es Couffon, un poeta secreto incluso con sus más cercanos amigos. Y ahora para terminar me gustaría que escucharan su voz en la lectura del poema Ceremonia de adioses con el que cierra su libro bomba.

“Ya estoy muerto. Mi corazón ha dejado de latir mientras dormía, a las cinco y veintisiete minutos de la mañana. Sensación extraña. Sentí que mis huesos crujían como si se deshicieran. Quise gritar y un soplo salió de mi boca. Mi alma, como diría el cura de mi pueblo. Tengo los ojos abiertos pero ya no veo. Mis ojos se han vitrificado, envueltos por una nube blancuzca, compacta como las que a veces veía en el cielo al viajar en los aviones. He abierto mi boca igual a cuando hacía argollas de humo con el cigarrillo, pero no se cierra. Un chapoteo de olas o de aguacero se ha cristalizado en el hueco de mis orejas. Unas manos levantan mi cuerpo. Bajan por mi vientre. Abren mis piernas, levantan y empuñan mi sexo. Lo siento largo y fofo. No, no ocurre nada. Pero la caricia es agradable. Me han cruzado de manos. Tratan de que sostenga un manojo de boj. Yo siempre he detestado el boj, su acre olor después de la lluvia. Lo rechazo endureciendo los dedos. Y se ha quedado aquí, sobre mi barriga. Han puesto un crucifijo encima de mi pecho. Nunca he creído en Dios ni en Jesucristo. Pero algo sí en el diablo. Me parecía verlo cuando miraba a Picasso, a Charlot, a Dalí, a Stalin, a Hitler, a Brassens o a Gainsbourg. ¡Ah! ¡Esta cruz me oprime! Pareciera que quisiera hundirse en mi tórax. Aplastarlo. Imprimir ahí el hierro candente con que se marca a los novillos y a los toros. ¿Hace cuanto que estoy en este lecho? ¿Cuántas horas? ¿Cuántos días? Encima de la chimenea, el incansable San Jorge del viejo reloj de péndulo debe continuar aniquilando al dragón y marcando las horas. Ya debería descomponerme, incomodar a la gente que seguro me mira con tristeza o miedo o gozo. No, me he puesto tieso, pero no siento que mi carne se reblandezca, se distienda, se agriete para liberar de sus células la sangre que se impacienta por abandonarme. ¿Me voy a despertar?

¡Eh! Pero vean cómo me trasladan, me transportan, me depositan… y me hundo…”

Con ligeras variante este fue el texto leído en Madrid, el 21 de mayo del 2008, en el homanaje que le rendimos sus amigos en Casa de América, en Madrid.

Muchos años más tarde ha ocurrido lo que tenía que ocurrir.

El poeta, el intermediario, el traductor y el amigo ha fallecido.

10 POEMAS DE VENTANA A LA NOCHE

(FENETRE SUR LA NUIT)

 

VIAJE 

De niño viajaba en sueños

por encima de los azules verdes amarillos rojos

de planisferios y mapas

de mis libros escolares

luego atravesé por esos azules verdes amarillos y rojos

y conocía a su gente

descubrí sus paisajes ritos y magias

y a veces la embriaguez de sus cuerpos

 Ahora viajo loco de contento

alrededor de una maceta de geranios

 

SIGNOS 

¿Viví antaño la angustia que te invade? ¿Acaso la muerte se olvida de tu presencia en esta orilla? Bastaría que un roce de pétalos arañara el azogue de este espejo negro, que un nacer de asustadas alas dispersara la rabia inútil o que en la muda indiferencia un helecho enganchara sus zarcillos azules al cortinaje andrajoso de la noche…

 Nos une aún el hilo del aliento

Cuerda que raspa las paredes del silencio.

 

ROJA O NEGRA 

Viví largo tiempo

por y para y en

las palabras

las vi reunirse

en ramos mágicos

cada sílaba

pétalo escrito

corola ardiente roja o negra

flores de dicha o de infortunio

cogidas por mí por ti por nosotros

o más secretas

conservadas

entre dos páginas de la vida

donde las vuelvo a encontrar ajadas

como las palabras

que deshojo esta noche.

 

INVIERNO 

Ya nada

me llega

que no sea

el hielo equívoco de las palabras

sol vacío

noche larvada

pasos que anuncian a lo lejos la cómplice presencia

y deshacen camino

hojas susurrantes en el árbol desnudo

ceniza

           cenizas

incluso

el libro cae inútil de las manos. 

 

DUDA 

¿Y si acaso el poema fuera un embuste

mórbida maniobra

para burlarse del fastidio

de vivir sin saber por qué?

¿Y si acaso la imagen fuera

espejo sin azogue

para no verse

amar u odiar

el pozo de la nada?

                            ¿O si         acaso las palabras que dicen…

                               o tal vez las que callan…

                                         sólo fueran… ? 

 

RELOJ DE ARENA 

Vacías quedan mis manos

la arena se deslizó hasta el fondo del negro envase

Sólo permanecen

algunos granos de nostálgica soledad

bajo el frío sol

incierto y brumoso

del recuerdo 

 

CANCIÓN TRISTE

A Marie-Claude

No hablo de la desolación

de caminar solitario 

por las calles de la urbe

 

De sentir en el brazo

el vacío

de otro brazo

 

De ver y no ver

lo que fue

y ya no es. 

 

INTERROGACIÓN 

Si nada permanece

¿por qué entonces este cuerpo se agota

de tanto amar 

de tanto cantar

de tanto soñar

de tanto odiar

para acabar en el olvido de una fosa? 

 

FINAL 

Cuando el amor se aleja

cuando la vida se niega a la esperanza

y las palabras del poema

ya no son más que cenizas de muerte

tú bajas hacia las fronteras del silencio

aguas glaucas donde esperan

el negro fantasma de la quimera

el hórrido rictus de la nada.

BALCÓN 

Cuando la sonrisa tiene más fuerza que el reír

En los labios siempre sedosos

cuando la canción ya asciende a estos labios

sólo con el sonido de un disco gastado

cuando el ojo aún en celo no es más que un mendigo

                que se aburre

olvidado del juvenil aroma de hoy

cuando para amarte aún y abrazarte

sólo quedan tus recuerdos 

te acercas indiferente a esta ventana que da a la noche.

 

 

Jorge Nájar

Hasta aquí  el homenaje  del poeta y narrador peruano.  Por mi parte  solo me queda añadir  ¡GRACIAS POR SU VIDA, MAESTRO!
Cuando mi amigo Jorge Nájar me anunció ayer la noticia quedé  consternada.  Ha muerto Claude Coufon, el escritor, el traductor francés amante de nuestra lengua castellana y cultura iberoamericana a quien tanto debemos  los  escritores  iberoamericanos.    En lo personal, su traducción y la incorporación de dos de mis poemas en su Poésie péruvienne du XX siecle d’expression espagnole. Geneve, Switzerland: Editions Patiño (2000).  Más adelante,  le envié  los poemas que solicitaba  para una antología de poesía creada por mujeres. Trabajo que debe haber quedado entre las tareas inconclusas  de este fecundo maestro constructor de puentes.

Antologia.Couffon

En Poésie Péruvienne du XXe Siècle, Claude Couffon, luego de un extenso y magnífico  estudio “”Petite historire de la poésie péruvivenne”,  reúne  la versión bilingüe  la obra poética de 77 poetas  agrupados por  etapas tales como : Les précurseurs; Les forgeurs;  Inquiétude sociales et politiqu- quete de l’identité;  La Generaction de 1950; La genration de 1960;  La Generation de 1970 y Avant le Nouveau  siécle.

Como se ha señalado, Federico García Lorca, Miguel Hernández, Juan Ramón Jiménez, César Vallejo, Gabriel García Márquez, Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Rafael Alberti y Nicolás Guillén son solo algunos de los muchos nombres de escritores que llevó al francés a través de su impecable obra . Pero Claude el gentil caballero que me escribiera en su momento una amable nota acompañando la antología, también es un delicado, excelente poeta.   Descanse en paz, Maestro,   ahora   en el dominio de la serenidad.
Sonia Luz Carrillo

También  ver:

Homenaje a Claude Couffon en Casa de América de Madrid

https://hablasonialuz.wordpress.com/2008/05/20/homenaje-a-claude-couffon-en-casa-de-america-de-madrid/

Tags:   Claude+Couffon , Claude+Couffon+poemas ,  Couffon+por+Jorge+Nájar ,  Couffon+traductor  ,  Ha+muerto+Couffon

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