‘La revelación del poema’ MI POESÍA SEGÚN OTILIA NAVARRETE

noviembre 5, 2013 a las 5:38 pm | Publicado en Artículos sobre Literatura, Comentarios diversos, Comunicación y Cultura, Documentos, MI POESÍA SEGÚN ... | Deja un comentario
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Otilia Navarrete

Otilia Navarrete

 

LA REVELACIÓN DEL POEMA

La poesía de Sonia Luz Carrillo 

Pasé varios días preguntándome cómo hacer para conseguir expresar en pocos minutos todo aquello que suscita la poesía de Sonia Luz Carrillo. Cómo llegar a aquel nivel de síntesis que ella maneja de manera tan diestra. Me convencí que no lo lograría, de manera que decidí afrontar este reto en un desorden obligado, como si tuviera entre mis manos, sin fechas ni circunstancias, los negativos de sus poemas, e ingresando con ellos en el cuarto oscuro de un estudio fotográfico-poético iniciara el revelado de ellos, intentando descubrir aquello velado que se oculta detrás de los espacios en blanco.

Y en la oscuridad de aquel cuarto, con la magia que Sonia Luz exige a su poesía, comenzaron a retumbar sus palabras de mujer, madre y poeta como “instantáneas” que ella hubiese tomado al vuelo, la vida con sus pequeñeces y sus grandezas, su historia personal que trasciende hasta hacerse historia de todos los seres humanos; por eso ella, ya desde su primer poemario  Sin nombre propio , niega adrede la voz del yo poético, ella es una mujer pero su voz es la de todas las mujeres, como cuando dice:

         “Ella no sabe nada / de arte /  ni política.

Ella cada año / pare un nuevo hijo.

Ella no saca para nada / las delicadas narices / de su hogar.

Ella no tiene voz / usa poco los ojos / los oídos los tiene atrofiados.

En mi país / ella es la esposa ideal”.

¿Reproche?, ¿resignación?, ¿acatamiento del orden establecido de las cosas?  Todo lo contrario, la fina ironía y el humor a contraluz de la autora, plasman un retrato de nosotras las mujeres, simple y cotidiano, un retrato doloroso tallado en carne viva y que ella nos lo muestra, sobreponiéndose a su propio dolor, como algo innegable: “así se dan las cosas”, ¿qué les parece?, nos pregunta en aquel silencio que asoma al pie de la página.

En el poema citado, y en casi toda la poética de Sonia Luz, encontramos en los primeros versos, una exposición clara, punzante, de la realidad que ella mira, pero es al final de cada poema que, como un dardo, clausura la mirada, detiene el oído, para lanzarnos, en contadas palabras aquello que lastima y sobrecoge, un dardo que a la vez es un haz de luz que nos permite, en sus palabras “aprender la audacia de soñar lo posible”.

Y es que Sonia Luz, no se contenta con señalar la herida. Ella desea restañarla, y en el poemario “… y el corazón ardiendo”, sin estridencias, sin falsas posturas, nos incita a cantar con ella, a elevar nuestras voces.

Decir a contraluz / centrar el objetivo / modular el volumen / PERO NO CALLAR / NO CALLAR” .

Este “no callar”, con mayúsculas es la voz que alerta contra todo aquello que nos negamos a ver, es la herida que permanece abierta, congelada en el silencio de los que no quieren oír, de los que rodean el abismo para no enterarse de lo que ocurre más allá de sus propias conveniencias.

Como un moderno Orfeo, Sonia Luz canta y es su canto un intento de salvar al mundo pero ella sabe que no puede, esa es su impotencia, su íntimo y desgarrado dolor. Pero insiste:

Permaneceré / solo a parecida / porque los días enseñaron / que amor / no es construíble / sobre íntimas / propias traiciones”.

Y la tenaz y lacerante búsqueda de sí misma, el desencanto y la rabia ante la indiferencia humana, el deslumbramiento ante la vida y el inminente transcurrir del tiempo, el amor, “su bella y triste Patria tan urgida” y la inevitable muerte que no logra destruir sus más hondos sentimientos y que le permite erguirse valientemente y pronunciar palabras como solo una madre y poeta podría expresar:

Vuelvo / con mis brazos vacíos / pero no el corazón / te amé / te amo / no en vano te di la irreversible vida / Y estás allí tierra o astro lejano / tú ya eres / recuerdo o aroma / o materia transformable / tú existes de un modo irreversible”. (“Homenaje a Rodrigo, el fugaz)

 Todo lo expresa la poeta en  estrictas y controladas palabras, tensándolas hasta parecer que se quiebran, pero no, ellas permanecen fieles, intactas a su creadora, ellas son sólo signos que rompen la incomunicación, que salen de su encierro para ponerse frente a nuestros ojos, desnudas de retórica, ocultando su complejidad, despojándose de suntuosos ropajes, para decir sólo aquello que es trascendentalmente simple y cotidiano.

Y a propósito de su poemario  La realidad en cámara oscura  no podemos sustraernos al hechizo de ingresar nuevamente en ella, esa cámara en la que Sonia Luz revela sus poemas pero que al decir de Julio Ortega: “esta cámara oscura ya no es una metáfora del ojo invirtiendo las imágenes sin saberlo, aquí la cámara oscura es la realidad misma…”

El trastoque de la inocencia y la pureza, entendidas éstas en su más legítima acepción, la calidad de ser hombres y mujeres sobre la tierra, la realidad metamorfoseada al infinito por las máquinas y la tecnología, la voracidad del tiempo que se multiplica insaciable en el mundo actual y que recorta a su más mínima expresión la posibilidad del amor, de las cosas menudas que han perdido, casi, su razón de existir. Y a pesar de la contradicción entre el hecho innegable de “aquello real” y el sentir del yo poético, la autora sale indemne pues ella es parte del engranaje social en el que está inmersa pero a la vez defiende con vigor su ser individual, aquel que ella sabe es inviolable.

Contrariamente al poemario  Sin nombre propio  (1973) en el que Sonia Luz niega la voz en primera persona al yo poético transformando el discurso en voces universales, en 1989 aparece el poemario  Tierra de todos  y aquí el hablante poético asume una posición personal, declara, anuncia y denuncia con voz firme su propio sentir, se ausculta intentando encontrar respuestas en el misterio de la existencia, en su ser de mujer, en su extravío de poeta que trata de encontrar la palabra que configure las “señales” que ella ve;

“…Entonces / para qué / signo oscuro / forma inútil / para qué.” O cuando dice: “Te acercas / a dejarte atrapar por mis sueños / sin esfuerzos / vienes a posarte entre mis párpados / una voz quieta / eres / y me agito”

Los versos se enajenan, buscan una salida hacia aquel horizonte donde la poesía recobre su tersura, hacia aquel espacio mínimo, casi silencioso donde la poeta encuentre respuestas, pero ella sabe que la poesía no ha de dárselas, quedarán sólo las preguntas y el desconcertado sentimiento de pertenecer a un universo, donde el ruido de máquinas y bombas tratan de aniquilar el silencio, el sosegado espacio de donde brota la poesía y la vida misma. Ella, atrapada por el misterio de lo indefinible nos dice:

“…la madera que cruje / la ventana cerrada por el viento / los pasos desconocidos / llegada la medianoche / para el alma cargada de presagios / todos los ruidos son terribles “. O también: “… Las bajas / son ahora / un número en el teletipo / repetido en diversos idiomas / constatado y puesto en titulares”.

Existe un brevísimo poema: “Gozoso misterio” que es, a mi juicio, el eje y el develamiento de lo que dice y no dice Sonia Luz,

“Este es el misterio que me acoge / gozo / de dibujar lo inasible / abrir puertas / abrir ventanas /Y salir.

Este gozo y este misterio configuran su paso y su mirada, la poeta se sobresalta pero a la vez goza. ¿Desconcierto?, quizá, pero un desconcierto lúcido y terco que remonta la necedad y la indiferencia para dar paso a la mujer dueña de visiones y emociones que, adrede constriñe su hablar para decir sólo aquello que es sustancial. Claramente nos lo dice en otro escueto poema:

“Mi cuerpo de mujer / mi pensativo cuerpo / suave y firme / sostiene / el peso de mi cabeza”.

Y en el poema “Tierra de todos”, que da título al libro, aunque está construido en primera persona, nos involucra a todos los seres humanos, se remonta al asombro primigenio de aquellos hombres y mujeres que entre sombras y luces, ecos y más ecos descubrieron la inmensa maravilla de ser poseedores de la tierra.

Sonia Luz se extasía ante esta magia y nos lleva de la mano por senderos que muchos hemos casi olvidado, pero ella nos lo recuerda removiendo la tierra ya reseca por el tiempo, entre pieles de animales y crujido de anchas hojas, regresamos hasta el tiempo aquel sin espacio ni tiempo. Ella nos dice:

“… Vengo de los primeros monosílabos / roncos estallidos del horror / o la ternura / de las pieles primeras / que se abrieron / se estrecharon / y se maravillaron / por el fuego”.

Las frutasSegún propias palabras de Sonia Luz, en una entrevista realizada por Enrique Planas en el desaparecido diario El Sol, Las frutas sobre la mesa, su poemario aparecido en 1998,  “crea una imagen, una canasta de frutas, una especie de bodegón, en medio de una bulliciosa avenida”, y es que la poeta distingue muy bien lo que es el ruido informe, el tumulto desaforado de risas y palabras y gestos sin sentido, de aquellos otros que elevan nuestros niveles de entendimiento y fraternidad.

“Distancia – nos dice- / para no sucumbir al ojo / de las tormentas / para no perderse en el minuto / ni caer en las hendiduras de la superficie”.

El ruido parece ser una nota constante en esta sucesión de poemas, el ruido y la prisa que atolondra, que roba certeza a lo vivido y aún más, a lo soñado. ¡Qué mejor entonces que una fuente con frutas descansando plácidamente sobre una mesa, para darnos esa sensación tan buscada?”. Pero ésta es sólo una fina alegoría encontrada por la poeta, ella desea expandir esa placidez en las calles y avenidas, en las palabras y los gestos de la gente, búsqueda que se torna por momentos infructuosa hasta hacerla decir
“… nada puede poesía / por eso nada proclama / ni reclama…”

He aquí la síntesis del trabajo de Sonia Luz, he aquí su empecinamiento, su voz individual que se torna colectiva, he aquí su ternura y su fiereza. La voz de una mujer que logra traducir la tumultuosa vida que nos ha tocado vivir y que cae como una cascada que refresca y fascina pero que a la vez nos señala el abismal fondo que en su voracidad parece arrastrarnos.

Otilia Navarrete

Exposición de Otilia Navarrete  en el Conversatorio “La ausencia y la multitud”. Lima, Centro Cultural  de España,  llevada a cabo el 03 de noviembre del  2003.

Otilia Navarrete es poeta, narradora y promotora cultural. Fundadora  de los Talleres de creación literaria (narrativa y poesía) en el Museo de Arte de Lima, desde 1986-1992. También de la Asociación del libro abierto. Durante largo tiempo  dirigió la Revista Imaginario del Arte, dedicada a la difusión de los valores nacionales en los diversos campos de de la actividad artística. Es autora de los poemarios  Oscuro cause del agua (1992) y  El ojo de la lluvia (1998). En el 2005 publicó su novela Retrato de mujer en blanco y negro.

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