LA PÁNICA HERMOSURA. AGONÍA EN LA POESÍA DE CARMEN LUZ BEJARANO

octubre 4, 2006 a las 5:45 am | Publicado en Artículos sobre Literatura | 2 comentarios

 

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Carmen Luz Bejarano

Nadie anhela la pánica hermosuradel reencuentro.Cuando el cuerpo ahíto de encierro  Y en pos de fábula vivida  torna  Sólo acaricia espantos”.

La dama del sosiego.

 

Agonía, en  acepción original es lucha, contienda,  y agon  de la que proviene la palabra, tuvo en sus orígenes también relación con reunión, asamblea. Traslada a nuestra lengua, deriva de ella nociones como antagonista, el que lucha contra alguien y también protagonista el que aparece primero en los juegos o en las luchas. Este ejercicio de voluntad de Ser, hasta los más dilatados extremos, es lo que se encuentra con frecuencia en la poesía  de  Carmen Luz  Bejarano. 

Pocos autores en la poesía peruana han cantando con tal persistencia  y tan abismante fervor a la experiencia de la proximidad de la muerte  como Carmen Luz Bejarano. Pero ante el proceso del acabamiento no es autocompasión  lo que se encuentra en la poesía de esta  autora grande en la literatura del Perú. No. Hay reflexión honda y, también, pronunciada rebeldía. Lo que encontramos es  agonía en su significado más profundo. La poesía aparece en muchos textos como ant- agonista. La vida  es la protagonista. 

 

La relación poeta- muerte es siempre tensa como la cuerdas de un violín por momentos exasperada, como cuando  la voz que habla en un  poema de  La dama del sosiego (1991) llega a la irrisión  y llama a la muerte “Madraza ambigua” y señala la índole de la contienda: “aunque indócil me subleve/ tiéndome con díscolo fervor en tu regazo”. Y más aún cuando sigue diciendo:   “Midiéndonos los pasos en recíprocos/ afanes a trote desigual nos hermanamos ./ Y no sé a quién mayor  pasión le gana / y más empeño en tan rara coincidencia”.    

 

Estremece la  conciencia de lo que le espera a la materia que animamos en estos breves textos del citado libro: “Me segarás los ojos. Deshojarás mi cara/ a voluntad me harás corroída materia. / Pero no me des para morir/ enemiga tenaz más de una muerte”.“Desfloras los cuerpos a tu paso/ ajena al improperio y al dolor/ Distraer eternidad en forma tal/ ha de saberle mal a la guadaña”. 

Qué lejana la alusión extraña y serena que aparecía en los textos de la juvenil autora de Abril y lejanía (1961): “Morir es dulce/ Como el viento/ cruzaré las manos / alas dormidas / en la agonía / de la tarde” .

Ante versos de esta impecable factura, el maestro Alberto Escobar, al prologar Abril y lejanía, dice:“Sus versos semejan parábolas cuando serenan el desgarrón entre lo ideal y lo real; cuando orientan el recuerdo y lo inmediato en insospechable alianza, gobernada por un tiempo interior que, con la mayor sencillez, desconcierta y reconstruye elementos menudos”.Y luego advierte:“Ni la experiencia ni el sueño en este libro, lector, son documentos; ellos crean activamente, actúan;  como si el poeta consintiera la vida  -la suya y la nuestra, lector- para rehacerla”.  

Desde  Aracanto (1966) aparece la noción de fiera rebeldía frente al acabamiento, como en este poema en el que también empieza a vislumbrarse el tema de la nada, caro tema del existencialismo y que fuera insistente en la poesía de aquella década:  “Muerte mía / doméstico animal sobre mis hombros / creces, creces / sueltas tus buitres en las noches turbias / y en nada creo / sólo en ti y en el horror de tu esqueleto / Me revuelvo furiosa / colmillos, fauces, garras, /   todo inútil / renaces diariamente”  

En aquel conjunto de depurados textos y bajo el epígrafe de Federico García Lorca que dice “son los muertos que arañan con sus manos la tierra”,  se nos da cuenta de la muerte de un niño “Era junco, era hierba / solo una brizna / y en el pico de una alondra / sombra y vuelo / se marchó” y la voz  que habla desde el poema se refiere  a la muerte con versos como:  “sólo la muerte danza / garfios de luna llena”.  Aracanto finaliza con estos versos: “Muerte mía, mis ojos taponarán tus cuencas / y nadie verá en ellos la luz de los espejos”. 

La vida de Carmen Luz  estuvo entregada a la construcción de una de las poéticas más sólidas de nuestra patria. Obra de autenticidad, testimonio de pasión y virtuosismo. Con acierto en el año 2000, Oscar Araujo dice respecto a nuestra autora:  “Lo notable de Carmen Luz es que ella hace de la sinceridad virtud. Es decir, su emoción se revela intensa y casi en estado puro y está conducida por una palabra poética trabajada con cincel de artífice…”[2]  

Con Carmen Luz Bejarano la crítica literaria ha sido excepcionalmente esquiva, cuando en 1988 el profesor Ricardo Falla y yo publicamos Curso de Realidad Proceso Poético 1945-1980  dedicamos ocho páginas al registrar su producción en diversos instantes, ninguna otra antología de poesía peruana le había dedicado el espacio que su alta calidad  ameritaba.[3]   Augusto Tamayo Vargas escribe en 1965, unas breves frases en el tomo II de su Literatura Peruana, las mismas que reproduce con un lleve agregado en la edición de 1993: “Carmen Luz Bejarano, quien en 1961 publicara Abril y lejanía; su característica: la ternura… en 1963 apareció otro cuaderno suyo: Giramor, poemas comprimidos, donde la  metáfora – expresada tímidamente – sigue jugando principalísimo papel. Simple, elemental, con gracia discreta, C.L.B. editó Aracanto; y luego Harawi  hizo una especial presentación de su obra”.  Para el verdadero artista, sin embargo, y Carmen Luz lo fue de cuerpo entero,  los momentos “en los que se siente vivir” son los de la creación. Creación que se hace camino y espacio al margen de los efímeros reconocimientos y los episodios de la mezquindad.  Por eso, cuando en 1986 fue preguntada por la Revista Casa de Cartón, acerca de sus Bodas de plata en la poesía, le leímos: “Desde mi primer libro Abril y lejanía hasta los últimos, inéditos, que iluminan los cajones de algún escritorio  han transcurrido algo más de 25 años. En este largo y terco ejercicio de escribir reuní algunos poemarios, canciones, y una novela. En un recuento de lo hecho nos emociona la obra concluida, pero nada hay más fascinante que el trabajo mismo: la etapa de preparación de una obra. Esos son los instantes en que uno se siente vivir”.  “Ser poeta en el Perú, es difícil. Tanto como ser mujer. Y, mujer poeta, ¡Mucho más!  Sin embargo, sé que seguiré escribiendo, aún tengo proyectos, cuando no tenga nada que decir me callaré.  Junto a los textos publicados y no, acumulé también buenos recuerdos y de los otros, anécdotas hermosas, con respecto a mi poesía, y de las otras.  En nuestro medio los hombres que escriben exigen a las mujeres que escriben  lo que no a sus congéneres. Ojalá haya día en que no se hable de poesía Femenina sino sencillamente y con justeza  de Poesía.”[5]     

 Meditaciones sencillamente sabias como las contenidas en sus libros: “SERÁS EL QUE VE/ si descifras/ lo que no dice/ el agua/ el  viento/ el ave/ los astros/ y / aun aquello/ que no guarda secretos”,  diría en  Tambor de Luna (1988).  La poeta había afirmado  rotunda: “Sé que seguiré escribiendo”.

Y es admirable la forma como cumplió con su propósito y continuó brindándonos su voz hasta el último tramo de su Existencia en poesía, tal como titulo a la selección de poemas que publicara el año 2000.

 La fugacidad le agrega encanto a la vida, escribió Sigmund Freud.  La percepción de lo bello mientras dura impele al creador a torcerle el propósito a lo perecedero. Por eso , una vez más en La dama del sosiego nos confiesa “Intento esquivarte las vigilias / y me lanzo a vivir como si nada”. Pero es lúcida la conciencia de lo vano del intento y por eso sigue diciendo “Inútil. Porque a término condenas / y en pasmos sucesivos nos cobijas”.

La muerte planea sobre los instantes que se propician calmos,  no hay forma de obviarla por más que se ensaye, la quietud del vuelo. El pensamiento sobre la propia muerte es atormentado en este conmovedor texto:   “Garrapatea su número / la muerte / sobre el ala dormida / a ras de viento / Grávida de claridad / en el ocaso / el alma ensaya / su quietud / en vuelo. / Hiere la sombra, / la vigilia sueña / Se alza la frente / caracola en trance / e instantáneas / se ausentan las pupilas” .  

Al carácter ineludible de lo perecedero  se opone el amor. La huella sutil de Quevedo espejea en estos versos: “Y aunque en frágil materia estañara el amor /  no es vana la huella que conmigo te lleva / incorrupto rescoldo que siguiéndome en brasa / hará dulce mi estancia en el hoyo perenne”. 

En el hermoso libro Juegos de Casandra (1999) la voz poética dialoga con una ausencia y convierte este diálogo en ocasión de reflexionar sobre la propia existencia. La poeta se interroga  “ ¿Es acaso la vida / este breve durar/ este encierro / este cerco que acosa en soledad / o  /  el abismo que atrae?” Por ello la insistencia del  “soy,”, “yo soy”  y finalmente  “seré” que aparece en el poema I  y que me permito citar en extenso: La soledad es un espacio derruido / en el se refugia el ojo de
la Muerte /en él  /  yo  me refugio.  /  Una fugaz estrella se precipita / y me deja su reflejo como un cepo de luz. / Descifro el ambiguo tronar del mar  /y en sus dudosas islas  /reconstruyo mis naufragios.
Yo soy esa sucesión de rostros / Anudados al tiempo  / Al mar / a los recuerdos Cuando este litoral soledoso /  se orispe en tempestad / Sólo seré en mi último refugioPartícula de un sueño  /  o la nada que aún sueña  /   y tú estarás allí  /  iluminando mi cuerpo/  a pausas  / silenciosamente   /   para no perturbarme los recuerdos.”  

Carmen Luz no cesó de escribir. Su combate con el acabamiento, su agonía, la devuelve victoriosa en julio del 2002, iluminando  nuestra estancia con los 22 nuevos poemas de El grito. Uno de los libros más auténticos y conmovedores de la poesía peruana. Se acerca el momento final, [6]  sin embargo,  encuentra lugar para  otear  otra  dimensión  con curiosidad  y hasta un leve  toque de humor: “Quizás cuando yo vuelva / saltamontes /  o  /  anémona de mar  /  no herrumbraré  los cielos  /  con inútil plegaria  / ni tendré  este aire  innato  / de mujerzuela púdica”

El cuerpo – como lo señalé ya en una reseña  publicada a propósito del libro y que, lamentablemente, no alcancé a que leyera-  es una realidad  punzante nombrada con  insistencia “Se me desgaja la vida / en crudo”,  dice un texto.

El antagonismo Vida- Muerte se  revela intenso.  “Soy colmillo/ soy garra/ Duermo a merced de la guadaña/ Soy frágil/ este trozo de tierra/  En vida que germina/ Artera lanza/ Le hiere  los costados/ Me desangro”.  

En el tramo final de esta contienda  se  interroga al misterio “¿Era necesario ennoblecer el barro/ distraído Señor de la armonía? ¿ Qué hacer con este cuerpo/ que gobierna a golpe intermitente/ mis lunas y mis días?”    El cansancio se deja sentir:  “Este jugar continuo /  que alumbra  / mi desvelo  /  va mermando la gana  / de vivir”. 

El grito con portada de  ‘Narciso’ de Caravaggio, fue una renovada  ocasión para el deleite que siempre produce encontrarse con un objeto estético fruto del  pensamiento en alto, la emoción   fidedigna  y la elección y combinación depuradas.

Así se lo dije en el teléfono, en nuestra última conversación, así  lo escribí  en la reseña aludida  y ahora lo repito   convencida  de los valores  extraordinarios de su obra poética en conjunto. Expresión de una notable cultura poética  y  diestro, consciente,  uso de la palabra.

 “Es tan distinta la vida cuando todo paso es una despedida”, había dicho pocos días antes  Ernesto Sábato. Las almas grandes, concluido el combate,  aguardan con serenidad el gran momento. Serena es la atmósfera de los dos  breves poemas que cierran El grito: “¿El mar?  / desencantada siempre retorno / a tus orillas / para lamer tu frente /  y yacer  en tu costado /  Me gusta /  ese mecerse suave  /   y el feroz arrebato  que destruye  / peñascos”   Carmen Luz  cierra con maestría el libro.  Con levedad y violencia. Sólo quien ha sabido y sabe perseguir la palabra adecuada y plantarla en el lugar adecuado, pudo con tal gracilidad  rubricar:  “Mansa arena / tiempo que ondula y cae / con la fuerza del tajo”. 

Y  quedarse  con nosotros.  Sonia Luz Carrillo
 

 

Al usar esta información SE RUEGA CITAR LA FUENTE


 

[1] Alberto Escobar. Prólogo a
la Primera edición de Abril y lejanía. Lima: Facultad de Letras d
la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Edición dirigida por Luis Alberto Ratto y Javier Sologuren, 1961

[2] Oscar Araujo. Como una espada en el aire. Generación poética del 60. Lima: Noceda  editores, 2000, p.27

[3] Ricardo Falla y Sonia Luz Carrillo. Curso de realidad. Proceso Poético 1945-1980. Lima: Ediciones Poesía / Concytec, 1988 II tomos. En el Primer Tomo pp. 95, 96, 252, 253; en Segundo Tomo pp. 367, 368, 369 y 370.

[4] Augusto Tamayo Vargas. Literatura Peruana  T III, Lima: Peisa, 1993  pp. 967- 968

[5] Carmen Luz Bejarano. En:  La casa de cartón Año VI, N° 8, Director: Sandro Chiri. Callao, agosto 1985-1986.

[6] En esas circunstancias, la visité  en
la Clínica el  29 de agosto de 2002, leí para ella algunos poemas de  El grito recién  publicado,  bromeamos, como siempre, recordando la confusión  que nuestros nombres compuestos  generaban en algunas personas y  me obsequió un ejemplar  con una dedicatoria que releo una y otra vez  llena de gratitud  e inmenso cariño. En ella  menciona que se encuentra “en estos momentos últimos, de esta mi última estancia en el ‘cuarto del final’. 

2 comentarios »

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  1. Que gran homenaje, querida Sonia Luz, viene de tí y es poesía pura.

    • Gracias! Es muy gentil tu comentario!


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