EL CINE Y SU CÓMPLICE ILUSTRADA: LA LITERATURA (I)

septiembre 15, 2006 a las 11:50 pm | Publicado en Artículos sobre Literatura, Comunicación y Cultura | Deja un comentario

Publicado en Butaca Sanmarquina© UNMSM. Cine Arte del Centro Cultural de San MarcosISSN versión impresa: 1810-830X Nº 11, 2002

Cine y Literatura caminan juntos desde que el cine dejara de ser sólo registro repetido de escenas captadas de la cotidianidad. Se trata de un influjo de doble vía. Ahí está la presencia del cine en el nuevo realismo literario con el movimiento de las imágenes, las posibilidades de la edición en las elipsis y resúmenes de la prosa literaria donde, las trasposiciones de tiempo y los juegos de perspectiva del narrador, entre otros recursos, se convirtieron en características de la prosa desde las primeras décadas del siglo XX.

Desde entonces, innumerables obras contienen referencias directas e innumerables guiños que nos colocan frente a las preferencias cinematográficas de poetas y narradores. Y es que desde la primera proyección cinematográfica nada fue igual en el mundo. Y la literatura no podía permanecer ajena a este sacudimiento. Lo que interesa recordar en este rápido repaso es cuánto le debe el cine a su cómplice más persistente: la literatura.

Sin ella, el cine hubiera carecido de algunos de sus más brillantes concreciones. Desde la novelística de Verne dando forma a las ideas de Melies en los albores del cine, Dos mil leguas bajo el mar o Viaje ala Luna, por ejemplo. O Quo Vadis (basada en la obra de Sienkiewicz, publicada en 1896) de Ferdinand Zecca, en la primera década del XX, momento en el que se empieza a reproducir cinematográficamente algunas historias de
La Biblia en los estudios de Pathé.

Entre los fundadores, Poter también recurrirá a Charles Dickens en su Canción de navidad y a M. Twain para dar vida a La cabaña del tío Tom

La necesidad de alimentarse de temas y la existencia de una enorme herencia en todas las lenguas de esas observaciones prolijas de la vida que es la literatura ha hecho que una y otra vez, al margen de estilos, naciones y épocas, ésta haya surtido de material inmejorable al cine.

Desde fines de la primera década del XX, cuando los argumentos empiezan a repetirse colocando al cine Al borde de una crisis, la búsqueda en la literatura se hará aún más conciente. Francia propugna el “film d’arte”, con adaptaciones de Dumas, Zola, Daudet, Balzac o Victor Hugo (como Los miserables, filmada por Capellini). El fenómeno del cine basado en obras literarias fue extendido. Así en Italia se rueda Los últimos días de Pompeya (basada en la novela del escritor inglés George Bulwer Lytton, publicada en 1834). Y La dama de las Camelias y El conde de Montecristo de Frank Boggs (de la mano de Dumas) estarán entre las primeras obras rodadas en un modesto lugar de los Angeles, llamado Hollywood.

El teatro también aporta lo suyo, muchas veces con el préstamo de actores y actrices, tal es el caso de la formidable Sara Bernhardt, que bajo la dirección de Adolph Zukor da vida a Isabel, reina de Inglaterra (1912) basada en la novela Emilie Moreau, calificada de obra mediocre y sin embargo, un éxito de taquilla.

Con el fin de la Primera Guerra nace una nueva manera de concebir el arte en general: Dadaísmo y sus experimentaciones; De Chirico y la pintura metafísica; los caligramas de Apollinaire, los collages de Max Ernst y la literatura de Joyce, Proust o Kafka, etc. Se observa, además, el surgimiento del expresionismo. Concepción que no es exclusiva de la literatura pero que logra en la novela, la poesía y el teatro notables realizaciones.

En este contexto se produce el expresionismo alemán con obras como El gabinete del doctor Caligari (1919) de R. Wiene quien adaptará también a Dostoyeski en Raskolnikoff (1921). En el mismo año Friedrich Murnau con Nosferatu, el vampiro basada en la novela de Bram Stoker (Drácula, 1897) inicia la saga de vampiros en el cine, reactulizada en 1992 por Coppola y su Bram Stoker’s Drácula.

En el cine soviético de entreguerras encontramos a Pudevkin y su versión de La madre (1926) de M. Gorki.

A lo largo del siglo la lista se hace interminable. Lo que el viento se llevó (1939) de Víctor Fleming se basa en la novela de Margaret Mitchell.. Entre los autores clásicos, Shakespeare será un filón inagotable: Julio César de Mankiewicz (1953), Hamlet (1948) dirigida por J. Houston, Macbeth del mismo año será filmada por Orson Wells , el mismo que rendirá culto a la literatura también con Othelo (1951), El proceso (1962) que recrea la novela de Kafka. Un tranvía llamado deseo (1951) de Vicente Minelli se basa en la obra del mismo nombre de T. Williams. Mankiewicz con El americano tranquilo de Graham Greene, 1958 y De repente en el verano, de 1959 continúa adaptando la literatura al cine.

También en 1959 Vidor lleva a la pantalla La guerra y la paz de Tolstoi, y Ben Hur de Wallace es una adaptación del libro de William Wyller. De aquí a la eternidad (1953) será la versión de Fred Zinnemann a la novela de James Jones.

El neorrealismo italiano también le debe a la literatura obras memorables, baste citar Ladrón de bicicletas (1948) de De Sica, novela de Luigi Bartolini. En la década de los sesenta, Visconti dará vida al El gatopardo de G. T. De Lampedusa y Muerte en Venecia de Tomas Mann (con la inolvidable banda sonora, homenaje a Mahler).
Hitchcock se apoya en la obra de Robert Block para su Psicosis (1960) y Stanley Kubrich en Espartaco recrea la novela de Howard Fast.

Igualmente, Días de vino y rosas filmada en 1963 toma el tema de Desayuno con diamantes, novela de Truman Capote. Pier Paolo Pasolini rendirá homenaje a Boccaccio con Decameron y Teorema será no sólo una obra cinematográfica sino también una novela de su autoría.

La segunda mitad del siglo no ha sido menos pródiga al mostrar esta fecunda confabulación de ficciones, verdad de las mentiras, como dice Mario Vargas Llosa, en las que “bulle una inconformidad, late un deseo” y nos atrapan porque “casi todos quisieran una vida distinta de la que viven”.

No sólo en la elección y disposición de elementos narrativos se percibe la huella poderosa del cine en la literatura, sino también en los componentes del mundo creado, así personajes, locaciones, diálogos intertextuales, cambios en la ubicación del narrador o presencia del narrador múltiple y planos detalle, dan persistente cuenta de esta complicidad; la misma que la cinematografía latinoamericana y peruana también insisten en remarcar con denuedo. De ello seguiré hablando en alguna próxima oportunidad.

Referencias:

Casetti, Francesco. Teorías del cine 1945-1990. Madrid, Cátedra, 1994
Vargas Llosa. La verdad de las mentiras. Lima, Peisa, 1990
Varios. Historia del cine. 1895 – 1995 tt. 5 Madrid, Euroliber S.A. 1995

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