Mariátegui: Pensando y sintiendo entreguerras. Capítulo V: La Revolución y la Inteligencia.•

septiembre 6, 2006 a las 2:09 am | Publicado en Comunicación y Cultura | Deja un comentario

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Comentando La Escena Contemporánea, el poeta Alberto Guillén (1925) pondera en Mariátegui “su don de comprensión y de mesura” y “su espíritu abierto a todos los vientos y a todos los ismos” reconociendo en él a “nuestro intelectual moderno”. Y esta modernidad es un aspecto fundamental para releer, a la luz de nuestro siglo XXI, textos nacidos en momentos en que tanto el pensamiento como el arte se vieron conmocionados ante la exclusión, la destrucción y la muerte masiva que habían devenido en frutos visibles de la razón instrumental y una cierta idea de progreso.

En el escenario de entreguerras,  tumultuoso y urbano, lo nuevo asoma azaroso. Mariátegui observa, analiza y sobre todo com-prende la forma en que la realidad es aprehendida por pensadores y artistas. Algunas de sus apreciaciones y previsiones – como no podía ser de otro modo- fueron contrariadas posteriormente por los acontecimientos. Otras mantienen una sugerente vigencia. Especialmente las referidas a la emergencia de sujetos y cultura crecientemente urbanos y el impacto de este fenómeno en el pensamiento y la concepción estética.

Una aproximación al tema del sujeto moderno

“Desde la categoría de sujeto, podemos pensar y explicar mejor el conocimiento de lo humano social – el sujeto es el resultado de la transformación por la que el individuo concreto pasa a ser revestido de una cualificación superior que lo convierte en protagonista, en elemento alrededor del cual gira la acción, se define el acontecimiento”, dice Amparo Gómez[1]

La existencia de un sujeto protagonista es a la vez fruto y condición de una sociedad que genere mecanismos de conciencia del valor de la individualidad pero también de la indispensable responsabilidad para con la colectividad.

Vista así, la modernización es un fenómeno fundamentalmente político, cultural, social. Y reclama, un contenido ético. Sólo se es sujeto en la medida que se asuma los deberes y derechos que comporta la vida común. Y en este proceso, una sociedad que se defina por la búsqueda exclusiva del desarrollo material se constituye en la más importante traba de un verdadero desarrollo: el desarrollo de la persona, del sujeto.

En el período de entre guerras junto al sentimiento del descontento y frustración de las masas crece su radicalización política y la aspiración de un cambio estructural capaz de satisfacer el anhelo de bienestar basado en los valores de la libertad y la igualdad.

Aquí es importante anotar que las aspiraciones de las masas urbanas se iban haciendo cada vez más complejas. Se hace imperiosa la necesidad de acceder a la educación formal, a la salud, a los bienes culturales e incluso al disfrute del tiempo libre.

En Mariátegui, en el capítulo “La revolución y la inteligencia” se encuentra repetidamente la propuesta de un individuo con capacidad de asir la vida, de convertirse en sujeto protagónico para el logro de lo que llama una humanidad nueva en la que el “ejército innumerable de los humildes, de los pobres, de los miserables, En esta “marcha hacia la utopía”, en palabras referidas a Barbusse, hará posible la conquista “no solo del pan, sino también la conquista de la belleza, del arte, del pensamiento y de todas las complacencias del espíritu” (La escena, 158).

Individuo y sociedad son las dos caras de la moneda. La vida en ciudad aporta el dato del número, la suma de sujetos convertidos en muchedumbre. Por eso, también reconoce en Barbusse “El argumento de todas sus páginas es el drama humano. Drama uno y múltiple… Barbusse reivindica con vigorosa energía la gloria humilde de la muchedumbre”.

Líneas más adelante hay una interesante observación acerca de las multitudes. Mariátegui reproduce palabras de Barbusse:

“El número ha cambiado la faz de la naturaleza. El número ha producido las ciudades… Las líneas convergentes de las rutas, los tráficos y las expediciones se hunden en los bajos fondos de los cuales se extrae la fuerza, la vida y la alteza misma de los reyes”.

Para Mariátegui este sentimiento constituye el fondo del libro Los encantamientos “el número anónimo, el gran muerto ha adquirido conciencia de sí mismo” (La escena, 162)

Esta conciencia de sí mismo, donde también se advierte la huella romántica, es puesta en relieve por Mariátegui al comentar la obra de George Grosz a quien denomina “uno de los mayores dibujantes de Alemania”:

“El verdadero artista trabaja sin preocuparse del gusto y del consenso de su época. Le importa poco estar de acuerdo con sus contemporáneos. Lo que le importa es estar de acuerdo consigo mismo. Obedece a su inspiración individual. Produce para el porvenir. Deja su obra al fallo de las generaciones futuras. Sabe que la humanidad cambiará. Se siente destinado a contribuir con su obra a este cambio” (La escena, p. 183)

La vida moderna con la creciente asimilación a la vida cotidiana de los elementos de la ciencia y la técnica, la concentración demográfica en las urbes y una manera de producción masiva en fábricas produce profundos cambios en la sociedad y en el pensamiento y el arte.

Mariátegui toma nota muy pronto de las nuevas realidades. Por ejemplo, en “Tópicos del arte moderno” en un artículo dedicado al post impresionismo y cubismo (Variedades, 1924) percibe con sutileza un cambio fundamental que es el referido a la velocidad:

 “La vida actual tiene elementos físicos absolutamente nuevos. Uno de ellos es la velocidad. El hombre antiguo marchaba lentamente el hombre contemporáneo marcha en automóvil y aeroplano. Una época está separada pues de otra por hondas diferencias mentales, espirituales y físicas. Las escuelas artísticas actuales son un producto genuino de esta época y de su ambiente… los artistas sienten y ven las cosas de otra manera. Una necesidad superior, un mandato íntimo mueve a los artistas a la búsqueda de una forma y una técnica nuevas”.

A propósito del arte del siglo XIX Mariátegui señala su orientación naturalista:

 “La escuela central del siglo XIX es la escuela Impresionista esencialmente naturalista y objetivista” (…) El expresionismo tiene un punto de vista radicalmente antagónico y antitético. No es objetivista sino subjetivista. El tema de la obra de arte expresionista es lo que el modelo sugiere, lo que el modela suscita en el espíritu del artista. En el expresionismo el eje del arte se desplaza del objeto al sujeto. Dentro del concepto novísimo del arte, la forma es todo: es forma y es contenido al mismo tiempo. La forma resulta el único fin del arte.”

Hablando del dadaísmo Mariátegui reconoce en él “un fenómeno congruente con otros fenómenos actuales” y desentraña su carácter contestatario al racionalismo al señalarlo como una “reacción al intelectualismo”.

En torno a la pintura no figurativa (“composición caprichosa de líneas y de colores”) entrega esta sutil interpretación acerca de la autonomía del arte y su relación con lo que venía ocurriendo en el ámbito del pensamiento:

 “¿Anuncian e inician la tendencia a crear una pintura exclusivamente pictórica? A la pintura han estado mezcladas siempre la arquitectura, la poesía, la literatura. Es probable que ahora la pintura trate de ser solamente pintura. ¿No se advierte acaso el mismo rumbo en la ciencia: en la historia, la biología, la física? Las nuevas corrientes artísticas son, como la teoría de la relatividad, un fruto de esta estación histórica”.

Más adelante precisa “la raíz de esta extraña flora artística es la misma de la nueva flora científica y metafísica” y ante la reacción que las vanguardia provocaba,  Mariátegui, marxista amplio y creativo,  señala “Un hombre de pensamiento no puede recibir únicamente con una risa idiota las extravagancias y los disparates de arte de vanguardia. Aunque tengan el aire de cosas grotescas, se trata, en realidad de cosas serias”. (El artista y la época, publicado en Variedades, 2-02-24 p. 68)

Clara visión de marca bergsoniana sobre la cultura y las artes visuales que aglutina las vanguardias de inicios del siglo XX (especialmente el futurismo y el cubismo) La ciencia al espaciar el tiempo le había proporcionado una calidad especial la de tiempo psicológico y la pintura fue capaz de crear el efecto visual de un tiempo vivo.

Su postura ante la vanguardia es expresada en múltiples ocasiones: “La insurrección suprarrealista entra en una fase que prueba que este movimiento no es un simple fenómeno literario, sino un complejo fenómeno espiritual. No es una moda artística sino una protesta del espíritu. Los suprarrealistas pasan del campo artístico al campo político. Denuncian y condenan no sólo las transacciones del arte con el decadente pensamiento burgués. Denuncian y condenan, en bloque, la civilización capitalista”.

Como señala Antonio Cornejo Polar “Mariátegui …remarca el carácter antiburgués de la mejor vanguardia (que se “befa del absoluto burgués” y destruye las bases mismas de su literatura: el realismo decimonónico) y detecta su capacidad para ir preparando el advenimiento de un nuevo realismo, mucho más comprehensivo que el anterior, ligado en su esencia misma a la construcción del socialismo. (Cornejo Polar, 1989: 144).

Al observar el carácter “moderno” que asume el marxismo en la perspectiva de Mariátegui, hay que recordar que ese atributo está en la base de una serie de tópicos culturales que estimulan sus análisis e interpretaciones. Pocos socialistas de la época siguieron con tanto interés, no sólo la producción artística y literaria del momento, sino también sus fundamentaciones teóricas. Ahí están sus páginas acerca del futurismo, ultraísmo, expresionismo, cubismo, surrealismo, etc.

A partir de la experiencia -política, intelectual y afectiva- que Mariátegui vive en Europa,  el pensador peruano comienza a recorrer lo que él llama “las estaciones de mi orientación socialista” (SE: 2).

Es durante este recorrido cuando presentará -en aquellas dimensiones que lo preocupan: desde el clima espiritual de la época hasta la singularidad de la filosofía marxista-  sus versiones de la modernidad. Es por ello que participa en el debate sobre el racionalismo occidental – debate que es en sí mismo manifestación de modernidad – y la suya no fue una recusación de la razón, sino una nueva forma de aprender la realidad, desde el materialismo dialéctico y contra el idealismo metafísico y su renovación, el positivismo cientificista.

En efecto, Mariátegui se muestra crítico de los defectos del racionalismo occidental, pero es un ferviente convencido del proyecto de la modernidad occidental.

Su pensamiento se encuentra dentro de la racionalidad propia de la civilización occidental. Fuera de sus aportes era imposible pensar la cultura y el arte.

En “Hechos e ideas de la revolución rusa” citando a Trotsky “La revolución encontrará en el arte su imagen cuando cese de ser para el artista un cataclismo extraño a él” y comenta “La desesperanza, el nihilismo , la morbosidad que en diversas dosis contiene la literatura contemporánea son señales de una sociedad fatigada, agotada, decadente” .

Más adelante dice “Los esfuerzos de la cultura y de la inteligencia burguesas están dirigidos principalmente al progreso de la técnica y del mecanismo de la producción. La ciencia es aplicada, sobre todo, a la creación del maquinismo cada día más perfecto”.

Ante esta noción de progreso que entraña deshumanización se pronuncia “El ideal de nuestra época es la ganancia y el ahorro. La acumulación de riquezas aparece como la mayor finalidad de la vida humana. Y bien, el nuevo orden, el orden revolucionario, racionalizará y humanizará las costumbres” (La escena… p. 94)

Los graves problemas de la aplicación de la ciencia y la técnica sin considerar las condiciones del mundo del espíritu y las prácticas cotidianas provocan que un creciente número de pensadores reivindiquen un espacio autónomo para el hombre y para las dimensiones creativas. No se desconoce que desde fines del XIX la ciencia (sociología, la economía, la psicología) se hubiese desarrollado y diversificado. Lo que se cuestiona es que las ciencias humanas aplicaran criterios experimentales propios de las ciencias naturales excluyendo lo que no es fácilmente observable en laboratorios.

Mariátegui, la ciudad y los procesos culturales.

Para Alberto Flores Galindo Mariátegui habría comprendido el agotamiento de la modernidad y sus propias contradicciones. Desde una posición marxista creativa y heterodoxa Mariátegui al igual que Gramsci y, posteriormente, los miembros de la Escuela de Francfort – especialmente Adorno y Horkeimer – vivió atento a los problemas conceptuales de la cultura y fue especialmente conciente de la necesidad de crear una base metodológica con suficiente rigor científico para el examen de los procesos culturales y su relación con el modo de producción de los bienes materiales y espirituales.
En este sentido es interesante presentar, por ejemplo, sus apreciaciones acerca de la vida propia de las urbes y el impacto en el arte y la cultura. En El artista y la época leemos:

“La crisis definitiva de la torre llegó con el liberalismo, el capitalismo y el maquinismo. En una palabra con la civilización capitalista. Las torres de esta civilización son utilitarias e industriales. Los rascacielos de Nueva York no son torres sino moles. No albergan solitaria y solariegamente a un campanero o un hidalgo. Son la colmena de una muchedumbre trabajadora. El rascacielos es, sobre todo, democrático en tanto que la torre es aristocrática” (E.A, y E, 27)

Las condiciones que genera la vida urbana y su relación con el cambio social son expuesta por Mariátegui cuando al hablar de Máximo Hablando de Gorki, en “La revolución y la inteligencia”, precisa:

“La revolución rusa es una obra del proletariado urbano y de la ideología socialista, esencialmente urbana también. (…) Gorki desespera de que la psicología egoísta y sórdida del campesino llegue a asimilarse a la ideología del obrero urbano. La ciudad es la sede, es el hogar de la civilización y de sus creaciones. La ciudad es la civilización misma. La psicología del hombre de la ciudad es más altruista y más desinteresada que la psicología del hombre del campo. Esto se observa no solo en la masa campesina sin también en la aristocracia campesina. Los magnates del campo están siempre en la extrema derecha; los magnates de la banca y la industria prefieren una posición centrista y tienden al pacto y al compromiso con la revolución. La ciudad adapta al hombre al colectivismo; el campo estimula bravíamente su individualismo. Y por esto, la última batalla entre el individualismo y el socialismo se librará, tal vez, entre la ciudad y el campo” (La escena, p. 176)

Aquí aparece la contradicción urbe mundo rural como manifestación del enfrentamiento del pensamiento pre industrial y el pensamiento moderno y su sustrato de movilidad y cambio. En este como en muchos otros aspectos Mariátegui se muestra un intelectual creativo que sigue su propio camino sin ortodoxias. Un intelectual, una inteligencia que elabora, que construye bases para acercarnos desde América Latina a los problemas del desarrollo. Y no podemos olvidar que la idea de desarrollo es una idea propia de la modernidad. Para decirlo con palabras de Antonio Cornejo Polar:

“Uno de los errores que se comete hoy día, con mas frecuencia, es pensar que hay una sola modernidad en el mundo y que sería la modernidad occidental, digamos así, cuando en realidad cada pueblo o cada cultura tiene su propia manera de ser moderno”[2]

José Carlos Mariátegui, el pensador peruano que seguimos releyendo a pesar de que muchas de sus intuiciones fueron contradichas por los acontecimientos,  es el intelectual que apostó por un proyecto de modernidad basado en la comprensión de las características y necesidades de cada sociedad, sin calcos y sin copias. Un hombre que puso su sangre y sus ideas al servicio de la tarea pendiente de hacer de cada hombre y mujer un sujeto pleno de derechos pero también de responsabilidades. Tema de enorme vigencia en el pensamiento y las prácticas sociales en momentos en que ciertamente crece la conciencia de los derechos pero en una sociedad cada día más anómica que aún no reconoce la necesidad social del ejercicio de las responsabilidades.

· Ponencia presentada con ocasión de celebrarse el 80 aniversario de La escena Contemporánea.
[1] Gómez, Amparo. “Explicación en un mundo de actores”. En: Individuo, Modernidad, Historia. Barcelona: Tecnos, 1993, p 50
[2] “Sobre literatura en los andes conversando con Antonio Cornejo Polar. Por: Guillermo Pérez V. Entrevista realizada en septiembre de 1993 en la Universidad de Lima. Publicada en el Suplemento IDENTIDADES del diario El Peruano el 24 de junio de 2002

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