JULIO RAMÓN RIBEYRO Y SU PÚBLICO

septiembre 6, 2006 a las 2:31 am | Publicado en Artículos sobre Literatura, Comentarios diversos, Comunicación y Cultura, Creación, Miscelánea | 1 comentario

Caracteriza a la brillante promoción de narradores que iniciaron su labor a partir de la década de los cincuenta, la evolución de temas y estilos que los condujo a “una gradual interpretación de la sociedad peruana, sin olvidar la calidad estética de los textos” (Zavaleta, 1975).[1] Miembro importante de este grupo entre los que se cuentan Sebastián Salazar Bondy, Eleodoro Vargas Vicuña, Carlos Eduardo Zavaleta, Enrique Congráis, Oswaldo Reynoso, Luis Loayza y Mario Vargas Llosa, entre otros, Julio Ramón Ribeyro es uno de los escritores que gozan de mayor simpatía y afecto entre diversos públicos tanto a nivel nacional como internacional.
El propósito de las siguientes líneas es, a partir del reconocimiento de la obra literaria como un objeto estético destinado al público, mostrar la especificidad de la obra de Ribeyro y su capacidad de convocar una eficaz empatía con muy diversos lectores.

1. Comunicación de sentidos. Relación autor – obra – público.

La obra de arte combina un conjunto de elementos creando un mundo particular desde el que comunica un mensaje, edifica un determinado sentido. La armonía de estos elementos se da en forma inherente, activa. Visión de mundo, discurso, técnica y elecciones en el lenguaje constituyen un todo destinado a crear y transferir una versión que se añade a la realidad.

Asimismo, la experiencia estética generalmente anuncia o anticipa los fenómenos que luego serán generales o cotidianos en una determinada realidad. Este es el punto de partida desde el que iremos observando los elementos por los cuales los lectores contemporáneos pueden empatar eficazmente con los mensajes, con el sentido de los mensajes, de las obras de Julio Ramón Ribeyro.

¿Qué impulsó a diversos públicos a asistir masivamente a cuanta presentación tuvo Ribeyro en sus últimos años de vida? ¿Qué motiva que se sigan reeditando con éxito sus obras? ¿Por qué después de cuatro años de su muerte se le siguen rindiendo homenajes y jóvenes universitarios o escolares llamen a su Promoción con el nombre del narrador? Este aprecio tan extendido también había intrigado desde hacía varios años al propio autor.

En una interesante conversación (Revista Debate, 1986) entre Ribeyro y Alfredo Bryce, preguntados por Abelardo Sánchez León y Augusto Ortiz de Zevallos, acerca del éxito de sus obras entre el público limeño, Ribeyro responde: “Yo he notado que ahora hay un lector anónimo del cual no conocemos el rostro. Los lectores de hace 10 o 15 años eran profesores universitarios, amigos. Ahora yo encuentro en las calles gentes que me reconocen y me piden un autógrafo. Pero yo dudo: ¿son lectores o son personas impresionadas por el mito, por la figura del escritor en la televisión ? Y quiero pensar que son personas que me han leído, que me conocen, que me aprecian y que sienten la necesidad de tocarme por todo ello.”[2]

Ante esta situación el autor – proverbialmente discreto – señala no sólo su extrañeza sino también desasosiego: “Esa especie de fervor de un lector anónimo te crea una responsabilidad, aunque no quieras. Por qué, carajo, este lector te lee? ¿Habría que escribir para él? Este tipo de responsabilidad me crea muchos problemas. Yo no puedo dejar mis proyectos literarios para acercarme más a este tipo de público. En el fondo es un problema ético grave”.

Aceptando la idea de Heidegger, citada por G. Vattimo (1990:141), según la cual el encuentro de la obra de arte es un encontrarse con una persona que tiene una visión propia del mundo con la cual la nuestra ha de confrontarse interpretativamente,[3] luce sugerente hallar los rasgos por los cuales se produce un encuentro eficaz de sentidos, de mundos, entre el autor y sus receptores contemporáneos, más aún cuando – como es el caso de Ribeyro – ha existido una serie de condiciones que podrían haber obrado en contra de una identificación en términos tan vastos.[4]

En la conversación antes citada, Ribeyro reflexiona en torno a la relación obra – público: “Yo he escrito una serie de libros, porque gozaba escribiéndolos. De pronto me encuentro con un gran público que los ha estado siguiendo y los aprueba. Pero estos lectores no coinciden con los que yo había imaginado. Yo he escrito cuentos sobre lo que era Miraflores en los años treinta. ¿Qué les interesa eso a los lectores de 1986?”

Estos nuevos lectores, los impensados, continuaron incrementándose y abrumando al autor. Por eso cuando dos años después Ribeyro es preguntado sobre el mismo tema, responde: “Me siento, no diría molesto, sino incómodo cuando entro a un café, a un restaurante aquí en Lima, en Miraflores… hay gente que me reconoce, que se acerca a pedirme firmas en papelitos, en algún libro…”

Y ante la frecuencia de este hecho, el narrador observa a sus nuevos lectores, y casi podríamos decir que va cambiando su actitud frente a su público masivo, por eso líneas después leemos en la misma entrevista: “Curiosamente cada vez me doy más cuenta que este tipo de público no se encuentra en las élites, sino más bien en un sector social bastante popular y de origen bastante modesto. Por ejemplo, las últimas personas que me han reconocido en los cafés y restaurantes son los mozos y no los clientes. Varios mozos de diferentes establecimientos se han acercado y me han dicho: “Ah, usted es el autor de La palabra del mudo… lo cual es siempre simpático para mí, encontrar ese tipo de público”[5]

2. Las razones del aprecio. Los públicos diversos.

Las razones para la expansión de este público lector podrían hallarse – observadas en forma bastante gruesa – en el hecho de que Ribeyro, desde hace años, es por lo menos mencionado – y en muchos casos leído – en la escuela secundaria en el momento que se estudia la narrativa urbana de los años cincuenta. También podría explicarse porque en los últimos años de su vida, y hasta su fallecimiento ocurrido en 1994, fue objeto de múltiples homenajes y entrevistas a través de diversos medios de comunicación social.

Pero estas razones no van al fondo del asunto, no explican suficientemente la empatía con su obra. Porque se puede entender que haya sido seguido y escuchado en actuaciones públicas, pero en su caso el aprecio continuó expresándose en la venta de sus libros, aun en los momentos de mayor descreimiento y apatía. Ribeyro es ya uno de los autores clásicos de la literatura peruana y su vigencia está asegurada por el aprecio de su heterogéneo público. Habría que recordar aquí lo expuesto por Jauss (1976: 164)

“En el triángulo formado por autor, obra y público, éste último no es sólo la parte pasiva, cadena de meras reacciones… La vida histórica de la obra literaria no puede concebirse sin la participación activa de aquellos a quienes va dirigida. Ya que únicamente por su mediación entra la obra en el cambiante horizonte de experiencias de una continuidad en la que se realiza la transformación de la simple recepción en comprensión crítica, de recepción pasiva en recepción activa, de normas estéticas reconocidas en una nueva producción que las supera.”[6]

De dónde emana la capacidad convocadora de esta narrativa, mucho más allá del público académico y/o universitario, es una sugerente interrogante. En primer lugar, tendríamos que recordar a quienes señalaron en la obra inicial de Ribeyro (primeros años de los cincuenta) junto a su independencia estilística que hace que algunos lo caractericen como un escritor marginal, su capacidad de comunicar todo fenómeno social a partir de una visión marcadamente individual y subjetiva. Ahí me parece que existe un dato importante de tenerse en cuenta. Nunca como hoy lo subjetivo fue tan importante. Abordando el tema de las representaciones de la nueva identidad, dice Julio Ortega (1995: 49): “La literatura… sostiene un conocer no institucionalizado, más próximo a la subjetividad, a las pulsiones del deseo y a la zozobra de la comunicación”. No es casual que líneas más adelante y citando a nuestro autor, afirme:

“En una época en que los discursos de las ciencias sociales, de la economía, de la política, parecen saberlo todo y decirlo todo sobre nuestro destino,… la posibilidad de una palabra que sostenga una forma de conocer alterna, procesal e incompletable, es del todo necesaria. Esta puede ser una palabra del mudo como dice Julio Ramón Ribeyro, esto es un balbuceo al final de los grandes relatos… y también voz destrabada de un autodescubrimiento.” [7]

Lectores de finales de los años noventa se estarían encontrando a sí mismos en los personajes ribeyrianos, a la vez que los rasgos de su pertenencia a una formación social compleja y disímil. En torno a este punto, Julio Ortega también reflexiona: “En estos tiempos de universalización del mercado, cuando se intenta desvalorar el significado de los escritores, es bueno recordar que entre lo más valioso que tienen estos países están los hombres y mujeres que han elaborado las imágenes y los discursos de una libertad sin precio, humanizando de paso este espacio compartido como memoria y futuro”. Años atrás, Ribeyro había señalado que “La memoria es emotiva más que informativa”. Y esto que vale en términos estrictamente personales, podría también aplicarse para explicar por qué un lector de los noventa puede sumergirse en una obra creada – como señalara el propio autor – con elementos de décadas anteriores. Además está el hecho de que el lector busca una manera de codificar la realidad y no la realidad misma.

De otro lado, esta nueva realidad, que es la literatura, establece sus particulares relaciones con la actualidad. Precisamente en la conversación antes referida, Ribeyro había enfatizado que no era un escritor de actualidad. Incluso cita a Borges cuando el escritor argentino señala que la actualidad es siempre anacrónica.

3. Literatura como íntima confesión.

La actualidad envejece, es cierto. Lo que no envejece es la mirada, ni la captación de una atmósfera que puede transmitirse de uno a otro ser casi en íntima confesión. Al margen de que algunos autores basen más que otros su escritura en experiencias personales. ¿Cuánto de personal se encuentra en lo narrado? Eso no es lo importante. Como señala W. Faulkner, el escritor requiere de experiencia, observación e imaginación. Sin embargo, Ribeyro autor, insiste en mostrar en diversas oportunidades la relación de su vida con su obra.

Por ejemplo, en una entrevista Gregorio Martínez y Roland Forgues (1982) le preguntan : “ ¿Cuánto de Ribeyro de carne y hueso hay en tu narrativa ?”. A lo que respondió, en primer lugar, respecto a sus novelas , que las dos primeras son fuertemente autobiográficas. Sin embargo, recordó que no quiso intervenir en Cambio de guardia, ni como protagonista o como personaje y fue “la peor de mis novelas”. Inmediatamente después agrega: “Eso me ha hecho pensar que mi dirección es escribir sobre asuntos personales, autobiográficos, quizá un poco disimulados a través de un personaje con otro nombre, pero que tiene mucho que ver con mi propia vida” [8]. Aspecto analizado por varios de los que han estudiado su obra, entre ellos W. Luchting (1971). [9]

4. El perfil de sus personajes.

Es importante tener en cuenta que en la caracterización de los personajes en una obra de ficción, y sobre todo en el caso de una obra necesariamente breve como es el cuento, el protagonista es aquel de quien conocemos sus más complejos procesos mentales. Debo anotar aquí que, en líneas generales, los cuentos de Ribeyro sólo presentan unos pocos – y muy diestros- trazos acerca del aspecto exterior de los personajes.

Un rasgo importante de los personajes ribeyriano es lo que W. Luchting (1971), llama su condición de típicos “outsider”. Limeños a los que se les ha desmoronado la ciudad, algunos de ellos habitantes de “barrios sin historia”. Individuos solitarios que no se identifican con su oficio, observadores más que minuciosos, que no aceptan y disfrazan sus propios sentimientos. Hombres – pocas veces construye personajes femeninos – que se ven a sí mismos como individuos víctimas del mundo exterior. Generalmente antihéroes. En una entrevista Ribeyro reflexiona: “Entre mis personajes no hay triunfadores”[10]

Otra característica insistente es la baja autoestima, la inexperiencia en las relaciones humanas; naturaleza sugestionable y timidez anhelante de cercanía humana. El personaje ribeyriano es muchas veces un individuo para quien los otros, los miembros de su entorno, constituyen “ese mundo despreocupado, bullanguero, triunfante, irresponsable y despótico calificador.”

5. La ciudad como escenario.

Aspecto interesante en la relación de Ribeyro con sus públicos, me parece el hecho que tanto sus lectores como sus personajes habiten en la urbe. Su vivencia de la ciudad, y particularmente la ciudad de Lima, se halla expresada ya se trate de cuentos de tendencia fantástica o realista. Desde sus primeras obras, como recordó Tomás Escajadillo (1994), cuando al hablar del cuento La insignia, dice: “Tiene algo de Kafka, pero adaptado a la neblina de Lima”.[11]

La ciudad es lugar de encuentro de lo diverso. Por ello – como constató Ribeyro- sus obras fueron aprehendidas eficazmente tanto por mozos de restaurante como por cualquier otro lector de diferente sector socio cultural. En las ciudades grandes del país, y particularmente en Lima, se han multiplicado las ocasiones de los – casi siempre difíciles, conflictivos – encuentros. Analizando los últimos cincuenta años en el Perú, Carlos Franco (1995) responde a Fernando Silva Santisteban: “La migración transforma el escenario político cultural en que se desarrolla la vida peruana y convierte a los centros urbanos en el espacio privilegiado de los encuentros, intercambios y fusiones de las corrientes étnico – culturales del país, forjando las precarias realidades – pero también el vasto potencial – de comunidad nacional que presenta el Perú hoy”.[12]

Y Ribeyro, el ciudadano y autor, no es sólo voz en la urbe limeña. Hay una serie de elementos en su vida, que transmitidos por el autor implícito, se han convertido en perspectiva en su obra, conforman un sentido de lo nacional, capaz de encontrar un vastísimo eco tanto en públicos internacionales como nacionales, porque como él opina en distintos momentos, “La nacionalidad no la aporta uno en los temas, sino en la manera de ver las cosas. En la sensibilidad ”.

Esa sensibilidad, en su doble dimensión de manera de sentir y construcción de sentido hallan su ocasión en temas hondamente vividos y por ello aptos para convocar rápidamente la atención y el afecto. Cuando Martínez y Forgues le preguntan , en la entrevista antes citada, cuáles son los temas deliberadamente volcados en su obra, Ribeyro responde que luego de su propia vida “los otros son la frustración, la sordidez, incluso la violencia…creo que la violencia y la soledad son temas fundamentales en mis libros. Asimismo la dificultad para comunicarse con el prójimo. La marginalidad es otro tema. Muchos de los personajes de mis cuentos están desubicados en su medio social. Son desocupados o delincuentes, o pequeños empleados descontentos de su destino, en fin… Esto lo he visto mucho después de escribirlos”. Esta lista de temas es por sí misma muy expresiva. Es casi un mural de problemas.. Y no sólo del país , por cierto, agudizados en este final de siglo.

6. Una manera de percibir y enfrentar la realidad

Al considerar la relación de Ribeyro con sus lectores no puede dejarse de lado el hecho de que ella responde a una racionalidad – o una razón comunicativa, en el decir de Habermas – una manera de percibir o enfrentar la realidad que al final de siglo se hace de dominio masivo ante la debacle de los conceptos nacidos en la Edad Moderna. Su concepto circular de la historia, por ejemplo, preludia uno de los rasgos de lo que se ha dado en llamar postmodernidad. Aunque el tema amerita abordarlo en extenso en otro trabajo, quisiera mencionar aquí que en plena época de confrontación bipolar, Ribeyro da a luz dos textos que explicitan su posición. El primero es la Prosa 26 de sus Prosas Apátridas (1978). En ella, observando a dos barrenderos franceses en la estación del metro, se pregunta en qué los ha beneficiado la Revolución Francesa y concluye : “La Revolución Francesa, toda revolución, no soluciona los problemas sociales sino que los transfiere de un grupo a otro, mejor dicho se los endosa a otro grupo, no siempre minoritario”. Antes, en la Prosa 12, había reflexionado acerca de la Historia como un juego cuyas reglas se habían extraviado.[13]

Estas observaciones no significan, sin embargo, que en la obra de Ribeyro no esté presente la solidaridad con los más humildes. Los débiles, los oprimidos, los últimos de la Historia tienen un lugar de privilegio en sus historias. Los solos y silentes hablan, por su palabra. Su obra nace de un inequívoco fondo ético que suscita en los lectores una inmediata piedad por las desventuras cotidianas que atraviesan sus criaturas. Circunstancias que, por otro lado, se nos presentan matizadas de ironía.

Reflexiones finales.

Al observar la relación de Julio Ramón Ribeyro con sus públicos hallamos que desde una perspectiva marcadamente individual, el autor explicita vivencias de un colectivo humano cada vez más marcado en la sociedad peruana. Colectivo fruto de la migración y la conversión de las ciudades – particularmente Lima – en un escenario privilegiado de múltiples encuentros.

Sus personajes conforman un universo complejo en el que el desarraigo, la desesperanza, el desempleo, la marginalidad y la frustración de expectativas, ponen de manifiesto a un individuo cada vez más desguarnecido y sin control de las situaciones que rigen su vida. Ante la gravedad o fiereza de estas situaciones la respuesta en muchos casos es una sonrisa triste o sardónica.

La soledad y la incomunicación, propias de “las urbes demenciales”, como señala Julio Ramón Ribeyro en una de sus Prosas Apátridas, se unen a la debacle de la noción de soluciones colectivas, producida en las últimas décadas, y hallan en su obra una manera peculiar de manifestarse, sin que por ello estén ausentes los rasgos de solidaridad entre los que menos tienen.[14]

En el plano estilístico encontramos que, pese a su profundo conocimiento de las nuevas técnicas, su opción es la sobriedad en su uso y la utilización de un lenguaje clásico, de gran voluntad comunicativa, insiste en la fórmula de lograr “el máximo de intensidad con el mínimo de materia”. Ribeyro desconfía de los alardes técnicos. “Es una cuestión de elección. Soy un escritor al que no le gustan las innovaciones estridentes, sino las formas de narrar más fluidas, más clásicas, más simples expresivamente.”[15]

Con estos elementos, Julio Ramón Ribeyro construye una obra en la que se percibe lo que otro gran escritor latinoamericano, Ernesto Sábato, definió: “El reino del hombre no es el estrecho y angustioso territorio de su propio yo, ni el abstracto dominio de la colectividad, sino esa tierra intermedia en la que suele acontecer el amor, la amistad, la comprensión, la piedad”.[16] En ese territorio se produce el encuentro con su público.

Notas
[1] Zavaleta, Carlos Eduardo. “Narradores peruanos: La Generación de los cincuenta. Un testimonio”. En :Cuadernos Hispanoamericanos. No. 302 Madrid: Instituto de Cooperación Iberoamericana. Pág. 2.
[2] Bryce y Ribeyro. “Las letras nuestras de cada día”. Lima. Revista. Debate Mayo- Junio 1986 No. 38 Pág. 10 – 25.
[3] Vattimo, Gianni. La sociedad transparente. Barcelona: Paidós, 1990 pág. 141
[4] Habría que recordar el periodo en el que cierto sector regateó méritos a su obra al considerarla alejada de las preocupaciones sociales. Al mismo tiempo, se le calificó como “el mejor narrador del siglo XIX”, poco elogiosa aseveración debida a su cautela y sobriedad en el uso de las llamadas nuevas técnicas.
[5] “Ribeyro Lima, y un cigarrillo”. Entrevista de Carlos Orellana. En: Suplemento dominical de La Crónica. Lima 8 de mayo de 1988. Pág. 12.
[6] Jauss, Hans R. La Literatura como provocación. Barcelona: Península. 1976 Pág. 164.
[7] Ortega, Julio. “Identidad y Postmodernidad en América Latina”. En : Revista. Socialismo y Participación No. 70 Lima, junio de 1995 pág. 49 y 50.
[8] Martínez, Gregorio y Forgues, Roland. “Entre zapatos y terremotos”. En: Revista. Quehacer. Lima 1982.
[9] Luchting, Wolfgang. Julio Ramón Ribeyro y sus dobles. Lima : Instituto Nacional de Cultura. 1971.
[10] Entrevista realizada por Patricia de Souza. En: Revista Somos de El Comercio. Lima 23 de mayo 1992 Pág. 9.
[11] Escajadillo, Tomás. “El Ribeyro inicial. Una denuncia al establishment”. Suplemento Cultural de El Peruano. 12 de diciembre de 1994.
[12] Franco, Carlos. Entrevista de Fernando Silva Santisteban. En: “Historia de nuestro tiempo”. Testimonios. En : Revista Socialismo y Participación. Lima: CEDEP, diciembre de 1995. Pág. 44
[13] Ribeyro, Julio Ramón. Prosas apátridas aumentadas. Edt. Milla Batres. 1era. Edición Lima, julio 1978 Pág. 15
[14] Sobre este punto publiqué un artículo en la Revista Socialismo y Participación. No. 69, marzo de 1995 Pág.71
[15] En: “Ribeyro, Lima y un cigarrillo”. Entrevista citada. Pág. 14.
[16] Sábato, Ernesto. Hombres y engranajes. Buenos Aires: EMECE 1951 Pág. 127

En caso de usar esta información SE RUEGA CITAR LA FUENTE

Ver también: La ciudad y sus habitantes

1 comentario »

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  1. esta lectura me encanto ya que lleva las pautas determinadas del ocaso


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